La luna,
como una nube de oro
o una lengua dorada.
La luna, yace en las fauces
de un caimán azabache,
suspendido en los astros.
La luna orbitando,
con el pulso lento
y la guardia alta;
con los dientes apretados;
con el brillo que le brota
por sus poros amarillentos.
Tarda un día en prepararse,
yendo de un cuarto a otro,
mientras menguan sus nervios
y se impregna el rostro de luz.
La luna corteja a la mar,
con su ritual aéreo.
Pero no resiste,
la hipnótica fluctuación
de las olas transparentes.
Y nosotros tampoco.
En el firmamento
aquél satélite de hielo, vibra
con las palabras ferales
que nos pesan en los labios.
Y aún así, es el refugio
que disipa nuestra lejanía.
La luna es el pedazo de tierra,
que nos corresponde del mundo.



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