Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Psique W. (España)

Bajo la lluvia

La salida del cine da a un enorme parque lleno de pinos, nogales, setos, álamos, fuentes, bancos y zonas de juego infantil. Para llegar a ese bosque urbano hay que cruzar una avenida de seis carriles cuajados de tráfico. Es un domingo lluvioso. Lo sé y lo siento porque es la segunda vez que tengo que limpiar las gotas de lluvia de los cristales de mis gafas de pasta rojas.

Yo observo a cien metros del lugar cómo la gente sale del cine: pandillas, familias y parejas. Mi objetivo está entre ellos: varón blanco, treinta y nueve años, pelo liso castaño oscuro, metro noventa y cinco de estatura, mujer y dos hijos varones. Tengo que meterle un tiro en la cabeza.

Al instante lo veo: «Este es el tipo. Aquí tienes la hora y el lugar. Mátalo. No preguntes. Solo haz tu trabajo, ¿enterada?», el jefe, recuerdo, me enseñaba hace dos días la foto de una persona totalmente anónima y desconocida para mí. Yo alcé la vista de la foto, le miré sin ningún ápice de sentimentalismo: «Eso haré». Me ordenan que mate, yo obedezco.

Comienzo a caminar entre la gente, la lluvia me empaña de nuevo las gafas. Mi campo de visión es ahora limitado pero aun así puedo alcanzar al objetivo.

Todo el mundo corre a resguardarse de la lluvia y yo me preparo para matar. Acelero el paso. El objetivo abre un paraguas infantil y se lo da a uno de sus hijos. ¿Tendré que abortar la misión por culpa de un puñetero paraguas?

En mi país también llovía mucho. Recuerdo las tardes jugando en los charcos. Cómo pasé de ser una pueblerina analfabeta a una asesina a sueldo es algo que ya no recuerdo.

Sí recuerdo a mi hermano mayor, él me cuidaba. Se parecía al objetivo, o eso creo. ¿Seguirá vivo aún? Cuando me escapé de casa se quedó muy triste. El objetivo avanza bajo la lluvia sin resguardarse bajo ningún paraguas; eso me facilitará el trabajo.

¿Qué habrá sido de aquel pueblo perdido entre las montañas de donde vengo? Puede que esté destruido, reducido a cenizas en algunas de esas estúpidas guerras que sucedían cada poco en mi pequeño país. Hace tiempo que no sé nada. ¿O puede que unos soldados me llevaran a la fuerza mientras me aferraba al todavía caliente cadáver de mi hermano?

¿Cuántos años tenía; doce, catorce, dieciséis? Qué más da… De todas formas, mi hermano ya no estaría orgulloso de mí. No sabiendo todo lo que he hecho, me han hecho y en lo que me he convertido. Ya no soy su dulce… No recuerdo con que nombre cariñoso se dirigía a mí.

Lo tengo a la distancia perfecta. La gente no repara en mí ni en mi arma. Nunca había tenido ningún arma en mis manos hasta que salí de mi pueblo, cuando abandoné mis montañas, sus charcos. Solo se las había visto a los soldados que de cuando en cuando nos invadían. Yo era un ser tan inocente… Ahora ya no lo soy. Alzo el brazo, apunto y disparo.

Pasan tres segundos. La bala impacta en la frente del objetivo, justo en mitad. Un círculo se le dibuja justo donde ha ido a parar mi bala. Los ojos se le abren como platos, como si le hubieran dado la mayor sorpresa de su vida. Y un hilo rojo sangre le resbala entre los ojos.

Gritos, caos, miedo, sangre. Todo se vuelve todavía más borroso; por la lluvia en los cristales de mis gafas y por las consecuencias del asesinato que acabo de cometer. Yo huyo.

No corro, eso levantaría sospechas, mantengo la compostura. He de aparentar normalidad.

Soy la asesina más fría y despiadada del mundo. He aprendido que los sentimientos son una carga, o alguien me lo enseñó una vez mediante el peor método posible. La gente se cruza conmigo, la gente aterrada. Yo hago como si fuera invisible. No existo para nadie ni nadie existe para mí.

En un callejón a quinientos metros está mi moto, mi vehículo para salir de aquí. Las gafas están muy empañadas. Se escuchan a lo lejos las sirenas de la policía y la ambulancia.

Barullo y dudas a mi alrededor. ¿Qué pensaría mi hermano? ¡Qué más da lo que pudiera pensar! No quiso. No pudo defenderme, protegerme. En cierto modo esto es culpa suya. Si ese tipo ha muerto a mis manos es su culpa. La lluvia arrecia durante un segundo con fuerza.

Mi moto, negra y de gran cilindrada, está detrás del contenedor de papel. Limpio mis gafas de pasta roja. Veo perfectamente de nuevo. Arranco y me pongo el casco. El trabajo está hecho, ahora he de largarme antes de que cierren el perímetro de seguridad.

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