Flor de amapola, creces
entre la hierba, en la altura,
solitaria, escarchada y vil
de tus hombros desnudos;
y como telaraña mineral
tus raíces me envuelven.
La brisa gélida se aletarga,
cuando mis manos duras,
como dos cóndores unidos
escalan hasta tu cima fría.
En rústico vuelo aterrizan,
nuestros labios en el deseo;
y trina la montaña helada,
en el momento ínfimo,
que los cuerpos cansados
se amalgaman decididos.
Hembra cóndor, muéstrame
tu nido perdido; allí donde
tu corazón dormido aguarda,
a remontar nuestro vuelo.



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