Autores Cuento Isa Serrato (México)

Mon petit

Mon petit, alguna vez tomamos una clase juntos pero tuve que viajar 4,877 km para conocerte, ¿te imaginas?

Somos los últimos que resisten este restaurante pero fuimos los primeros en dimitir amores a la carta. La mesera recoge la cristalería que queda, pero dime ¿quién se va a llevar estas ganas de encontrarte siempre en el reflejo de mi copa?

Mi amor, ¿cómo no le va a ganar la neurosis a mis manos?, ¿cómo no va a vencer hasta el más remoto de mis nervios?, ¿cómo esperas que no se desmorone a monosílabos mi voz?

Mi amor, ¿cómo no se me va a desplomar el pecho si te tengo enfrente y todavía no entiendes?

Nos arropó la misma pizarra, nos atrapó el mismo cálculo y hasta nos enmarañaron las mismas coincidencias, pero tuve que enredarme en un vuelo de seis horas y dos escalas sólo para saberte el nombre. ¿Qué coeficiente tengo que cambiar?, ¿qué variable tengo que reinventar para que al fin entiendas? 

«Quisiera ser el amor de tu vida», me dices y a mí me hierven de pronto las entrañas al pie de la escalera. ¿Cómo puedes suplicarle un mensaje más claro al destino? Mi amor, ¿qué tengo que hacer para que entiendas que si algo es esto, no es azar?

Mi amor, lo supe el día del andador. Fue el mismo torrente frío, el mismo corredor de los últimos dos meses, tus ojos tan mismos y mi corazón ya tan cambiado. Fue que quizá sólo tú jugarías conmigo de madrugada en la nevada.

Lo supe cuando me limpiaste las comisuras a besos y también en cada color maple que le prometiste a mis ojos. Lo supe cuando nos robó el tiempo la cafetería de siempre. Cuando Québec te regaló tu primer rizo de nieve y cuando yo nos regalé nuestro primer beso arropados por los copos que Dios espolvoreo para nosotros. Lo supe en cada coloquio acalorado y en cada sorbo de chardonnay. Lo supe bajo el fuerte que construimos con tus sábanas, las mismas que atestiguaron mi pecado favorito, el mismo que precede a las auroras en tus brazos. Lo supe cada noche que subimos las escaleras de puntitas, en cada risita indiscreta bajo la regadera, en cada noche que bailamos para las sombras de pared a media luz de velas desgastadas. Lo supe en la cima del Hotel Concorde, tan cerca del firmamento, ese al que pertenecen tus ojos. Lo supe cuando dejé el frasco de vainilla en tu repisa con la intención de regresar. Lo supe en cada luna medio llena y en mi alma ya tan llena. Lo supe cuando caminamos sobre el pavimento constelado, sobre ese suelo que fue por momentos el espejo del cosmos. Lo supe cada vez que tomé el último autobús a tu puerta porque no podía dormir y en cada taza de té negro que preparaste esperando consolar mi insomnio. Lo supe desde Lévis y desde la única función de cine que compartimos, ambas a orillas de ese hombro tuyo que me invita a no querer enmarcar mi cabeza en ningún otro. Lo supe cuando leíste mi novela favorita dos veces sólo para conocerme esa ventana y cuando supe que no podría volver a escuchar a Ryan Adams sin sentirte en el recuerdo. Lo supe cuando me llamaste en sueños y despertaste desconsolado en mi pecho: supiste que amabas y yo lo sabía más. Lo supe la primera vez que desperté en tu cuarto y tu camisa, diez pulgadas bajo nieve, con esta foto que mañana pesará mi escritorio en México y esa pregunta tuya tan acertada: «¿así se sentirá vivir dentro de un globo de cristal?» 

Mi amor, quisiera que no tuviera que esperar a mi vuelo de mañana o a reencontrarte en un congreso dentro de diez años para que te dieras cuenta. Quisiera que no tuviéramos que esperar para descubrir que la niña de Toluca de la que tanto te habla tu tío, soy yo. ¿Te imaginas? Pero con «querer» no me basta para ser el amor de tu vida y no me queda más que dedicarte el mismo verso que le dediqué hace tantas vidas a Septiembre: «Tú no tienes tesón de roble y yo no soy de mendigar flores, a veces así se padece el amor». Por eso mañana te devuelvo la maceta de ciclamen que me regalaste y te regalo hoy este colibrí de origami que interrumpió nuestra cena, para que siempre te acompañé en el bolsillo de tu saco, en la cuesta de ese corazón que tanto quise que fuera mío.

Sí, mon petit, así se siente vivir en un globo de cristal.

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