Cuento Oliver P. Rohand (Venezuela)

Scherzo, colpa: Clockwork

¡Cómo amo los relojes de arena! Tal precisión en una figura tan poco corriente y común. Desearía un poco más de tiempo en prueba, quizá así demostraría que valgo algo y no soy un simple cartón con ojos de botella frente a las cuencas.

Tiendo a musitar mientras me pierdo en mis pensamientos, quizá por eso el bartender tiene clavada su mirada en mí, o tal vez solo sea porque llevo media hora con este margarita (o por el simple hecho de haber pedido un margarita) y ya el hielo lo volvió agua. ¿Le pido otro? Quizá lo incomode si le hago saber que noto su interés por mi imaginaria conversación con la belleza a mi diestra. En algún lugar leí que “La belleza te hace interesante por 10 minutos, debes tener con qué llenar el resto de la noche”, pero a falta de Adonis, ¿Sonríe?

-Hola, soy P. ¿Me dejarías conocer cómo te ves al despertar?

-Hey, soy Jackie. ¿Entre tus almohadas o las mías?

Fantaseo con un juego previo más de lo que me río de mi propio romanticismo.

Mientras, oigo cómo el caballero a mi izquierda se siente destrozado porque aparentemente odia su trabajo, a su esposa y sobre todo a un tal “Carl”. Me pregunto si puedo recrear la vida de este buen hombre. Llamémosle “Paul”. El buen Paul es contador, trabaja en una empresa textil. ¡Oh, qué pesar es para Paul pasar cada día en la oficina! Cómo desearía viajar con su gran amor por el mundo. Pero algo lo ata aquí. Un tal Carl, el hermano de su mujer, que se mudó a su casa con el pretexto de “Tener un hogar hasta estabilizarse y formar uno propio”, y al cual la señora defiende con ahínco. ¡Despiadado Carl! Destruyendo un hogar donde solo quieren ser felices.

Imaginemos una vida donde estos dramas son nuestra única realidad. Para el buen Paul es toda una desgracia, para el resto no será más que un segundo acto en espera de la voluntad de nuestro héroe. De su gran acto de máxima valentía donde recobrará su vida, sus sueños y aquellas glorias perdidas. Aunque claro, un Paul más realista pasaría el resto de sus días aprendiendo a querer a Carl, despidiéndose de ese orgullo al que llaman individualidad al mimetizarse con el robot que labora en el cubículo contiguo. Todos conocemos a esta máquina que existe feliz con su monótono trabajo, a la espera de salir cada día a su monótono hogar para encontrar a su monótona familia, con la cual comer, charlar, despedir y acabar el día, si hay suerte, en una sesión de monótono sexo.

La desesperación por salir de este vacío es exactamente lo que lleva a caer en él, pero ignorarlo por completo, ¿hasta dónde nos empuja? Basta de retórica, acabemos la noche en un bang.

-Piérdete, cuatro ojos.

2 comentarios

  1. Una magnifica narración para definir lo que significa la destrucción de la vida; solo a través de la rutina. A tu compañero “imaginario” de la barra, le hubieras dicho que suponías de lo que estaba pasando y que se decidiera de una vez, a soltar y dejar todo aquello que lo intoxicaba. Ya al otro día, comenzaría a construir (solo él sera el responsable de los materiales que utilice). Un cordial saludo.

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