Antonio Navarro Vázquez (España) Poesía

Las plazas callan

Hay veces que el tiempo juega a barajar el valor de las cosas. Lo que en un momento dormita sobre los márgenes, se arranca y se abalanza bajo los focos y, de pronto, lo impensable se hace con todo el protagonismo. Un guion fruto de una pluma enferma.

El poema de hoy, La plaza calla, brotó en un presente que danzaba a un compás muy diferente al de estos días: ajeno a sí mismo y columpiándose en el vaivén de las ciudades, su tempo daba la espalda al rostro del mundo rústico, adorando sin pausa al sucio gris de su narciso. Qué ironía: ahora, en pleno confinamiento, muchos nos volvemos con rostro bucólico hacia las campiñas y los trigales, deseando extraernos del insano silencio de la urbe. Un guion semilla de un azar incierto.

Es igual. El tiempo juega a barajar el valor de las cosas y, en este momento, las almas rurales corren más peligro que nunca (tiemblan sus canas de arcilla) y en sus calles, un eco de miedo tiembla ante la inminente siega de su sabiduría octogenaria. Un guion cosechando al que no escribe.

Recuerdo aquella mañana de lunes (día de mercadillo en Ocaña) en que mi abuela me dijo: “Qué vacía está Ocaña esta mañana, Antoñito. Con la de gente que cruzaba los arcos y las calles todos los días”. Hace varios meses ya de esto y, no sé por qué tengo la impresión de que el aspecto espectral de la mañana debe haber ido in crescendo. En definitiva: estas líneas cobran más valor que nunca en mi memoria. Un viaje por la Mancha, Ocaña y las palabras de mi abuela. Nada más por saber.

Os deseo un tenue confinamiento y que os agraden estas líneas de mi alma.

La plaza calla

“Cuando yo me muera,

enterradme si queréis en una veleta”

Federico García Lorca

Doce jazmines ahorcados

piden que nadie los hable,

y las puertas del establo

ya no las vigila nadie.

Siete claveles callados

saben lo que todos saben:

ya nunca en el campanario

ponen sus huevos las aves.

Canta en el alba, Rocío,

vienen por los arrabales.

En la orilla de los ríos

se secan los matorrales,

y las ropas de los niños

ya no se las pone nadie.

Las noches que vienen y el frío

amargan a los criminales:

“Ya no hay nadie a quién mi filo

pueda su cuello besarle”.

Calla esta noche, Rocío.

Calla lo que todos saben.

En el oro de la Mancha

el sol oscurece el trigo,

y el saber de los refranes

se hunde en un vaso de vino.

Los viñedos, empachados,

se doblan sobre sí mismos,

y las playas de mi Ocaña

son de color verde olivo.

Cuenta de nuevo, Rocío,

que sin querer lo he olvidado,

pues lo que traiga el mañana

parece que ya ha pasado.

Poema propio incluido en mi poemario “Ángeles y Condenas”.

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