Antonio Navarro Vázquez (España) Poesía

Brújula y mudanza

Yo escucho los cantos de viejas cadencias”

Soledades, Antonio Machado.

“Los puertos traen las señales

y en los caminos, canciones,

van inflamando la espera

de pasos y corazones.”*

Los pueblos proliferan entorno a las señales y, discretamente, van aprendiendo sus facciones.  Viejas canciones hablan de puertos lejanos al norte, donde siempre quisieron dirigirse. Y con los corazones puestos sobre los puertos, caminando, plantaban sus señales.

En la Rosa de los vientos

han sembrado unos rosales,

y castillos de colores

se juegan el oro a los naipes.

En la Rosa de los vientos

ha anidado un ruiseñor

y un rosario con espinas

ha recitado sin voz.

Allá donde alguien plantara un hito para guiar su camino, otro echaba raíces. La semilla, de pronto, se hizo árbol. Y así, apoyando sus enseres al pie de una señal, alguien memoriza sus palabras, las toma como nombre y las reproduce siempre que alguien se acerca a preguntar dónde puede dirigirse. Y sentados, cantan nuevas canciones. Mientras, la casa y su confianza maduran, y su voz toma del clima un timbre de hogar (y madera), que hace a muchos querer acompañarlo en la mudanza. La madera… y la sal. Y entonces, el mapa cambia, la señal se aleja de los caminos y, con la brújula en la mano, siembran otra rosa en el camino. Y los puertos lanzan ecos a los vientos. Y las brújulas empiezan a oxidarse, solas, a la merced del miedo.

Un marqués de azules venas

se sentó a ver un ocaso,

y envejeció sin saber

que el Sol ya no está de paso.

El cántico de las flores

ya no pasa por allí,

y en la Rosa de los vientos,

la Rosa quiere partir.

Pero uno tiende a olvidar el camino de vuelta y, rara vez, existen señales de retorno. ¿Quién sería el primero que las sembrara en los suelos? Alguien, desde luego, que no terminara de fiarse de su memoria o… de su brújula.

Señales señalándose entre ellas, ¿qué sería del destino?  Muchos ven en el desandar la merma del tesoro conseguido y, dar un paso atrás nos aleja poco a poco del destino. A menos que no fuera ese el camino y… ¡sea justo el lugar donde me encuentro! ¿Por qué no sembrarían más señales? Se pregunta alguien, inquieto. Y mientras, tomando una roca, escribe una frase en el suelo y se promete a sí mismo que nadie tropezaría de nuevo con sus errores: él será el custodio del camino. Y así, plantando su rosa negra, crecen los hitos del mapa, y en el vientre de las señales solo danza la mudanza, zozobrando por sus mares de mil rosales sin casa…

¿Quién recuerda la canción que perseguíamos? ¿Para qué tantas señales si solo tienen ojos para ellas? Y mientras, persuadidos por aquellas, los ojos se olvidaron de las brújulas. Cuando todo gobernaba la mudanza.

El Este, el Norte y el Sur,

diluvian saetas cansados,

y el Oeste teje el verso

que el corazón le ha secado.

Los vientos callan y el Viento

ya solo quiere dormir,

pues la Rosa de los vientos…

no volverá a reír. **

Los pueblos se reaprenden sus facciones y, allí, proliferan las señales. No existen las viejas canciones y nadie se acuerda del norte. ¿Y si miramos las viejas señales? Imposible: hace mucho, se ahogaron en la fronda de mil hogares y voces que anidaron cantando aquello de: el hogar es al camino, lo que la tijera al árbol que poda. Todas las ramas trazadas en los mapas se han olvidado ya de sus raíces, de las brújulas y de las canciones. Y las señales se señalan, y olvidan su sonido en el confuso concierto de ese caos que es la mudanza. ¿A dónde nos dirigimos? Las brújulas terminaron por clavarse sus agujas y, atiborradas de óxido, se han tragado su secreto.  Y mientras, los puertos, cansados, se han olvidado de sí mismos.

Y solo las señales viven, pero… parece que ensayan. Y dime: ¿Dónde olvidamos el oído? Donde las brújulas duermen, ahora gobierna Mudanza.

Y los rosales marchitan.

Y las canciones, se callan.

Atentamente,

uno que camina.

*Fragmento de un inédito propio.

**Poema de La Rosa de los vientos, de mi poemario Ángeles y Condenas. Disponible en Amazon

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