El sol se había ido a buscar a la luna. La luna llegó en busca del sol. Yo no podía hacer nada por ellos. Me sentía sol y luna a la vez. El aire estaba diferente.
Olía a domingo. Se me inundaba el alma de un vacío profundo. Me llenaba. Era un instante detenido por un siglo dentro de mi corazón.
Dolía a domingo. La noche intensa, venía en busca de suspiros. Yo tenía unos cuantos atragantados y se los quería dar a todos. No quería que me quedara nada. Quería secarme. Pero para secarme debía ahogarme.
Moría el domingo. Y yo me dejaba morir con él. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo porque iba a nacer.
Temía el domingo. No podía juzgarlo. Lo vi tan desnudo e indefenso como yo. Tembloroso. Corrí a abrazarlo. Lo sentí. Sentía cómo me fundía en él. Dolíamos, temíamos, juntos. Moríamos… La noche nos veía morir y moría con nosotros. Suave. Lento. Ya no dolíamos. Ya no temíamos. Flotábamos. No tenía nada, pero lo tenía todo.
La luna se había cansado ya de esperar al sol y comenzó a morir con nosotros. Y las estrellas. Y el silencio. Ya no dolíamos. Ya no temíamos. Y ya no importaba si el sol no regresaba. Quizás nosotros no íbamos a volver. Ya nada importaba. Ya no teníamos nada. Ya nos teníamos a nosotros.



Replica a Melina Matélica Cancelar la respuesta