Enrique Morte (España) Poesía

A lanza o cruz

Llueve el silencio
en todas aquellas nanas
que nunca te cantaron
en las noches sin luna
en que en tu cuna
llorabas nervioso,
asustado, por cada gemido
violento que te regalaba
un trueno en la voz de tu supuesto padre.
“¡Calla, no grites!”, decía, “¡deja de llorar
de una vez, joder, que mañana
tengo que levantarme temprano!”
“¡María!, ¿¡quieres ver qué haces
con ese hijo tuyo!?”

Cómo no ibas a salir rebelde
si cada noche, en vez de sueños,
son pesadillas quienes te acogen.
En la fría oscuridad
tristes lágrimas pasean por tus mejillas
bañando el nulo entendimiento
que no te deja comprender nada
sobre el significado de los gritos
que retumban por las paredes
de aquella habitación cerrada
y anexada a tu pequeña almohada.
Tiemblan tus manos en la cuna,
te escuecen las palmas,
premonición del destino que te aguarda.
“Es sólo un niño, José, sólo un niño”,
llora María temiendo haberte despertado.
Se hace el silencio,
duermes en brazos de mamá.

Creces en un mundo que te mira
por encima del hombro y susurra,
parecen no importarte los murmullos,
pero a ellos les importa demasiado
la extraña historia del hijo sin padre
que deambula por las calles
de un caluroso Jerusalén.

Vives rodeado de odio, de palabras
malintencionadas que pretenden
emponzoñar las acciones,
las pasiones, que rigen tu vida,
pero apartas de tu lado el veneno
y decides cambiar el mundo
con pequeños gestos que digan mucho.
Y lo cambiaste, al principio al menos,
luego llegaron las envidias, las mentiras,
aquellas gentes que no entendían
que aliviaras la agonía
que ellos preferían permitir.
Llegó el poder y te juzgaron
por un pecado inventado,
pon un crimen no contemplado
en más ley que la antojada pertinente.

Quemaron los cimientos de tus pasos
pervirtiendo la historia y pagando
con sangre los servicios prestados;
suficientes latigazos como para
alimentar al odio y una cruz
en la que morirás clavado
de pies y manos.

Desfallece el oxígeno en tus pulmones
atravesados por la piedad, o crueldad,
nunca me quedó claro,
de una lanza del destino
en manos de un soldado
que creyó aliviar el sufrimiento
que todavía te aguardaba.

Moriste, clamando a Dios
por el perdón para estos pecados
cometidos contra tu persona…

y pensando, en perspectiva,
de lo poco que ha servido,
creo, con poco temor a equivocarme,
que te habrás arrepentido.

Poema incluido en mi poemario
Jugando con purpurina.

6 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: