Bucur Mironescu (España) Cuento

Otras voces

Me dijo que me parecía a uno de sus cantantes favoritos, que le recordaba a él. Una sensación rara me invadió a raíz de ese comentario, y pensé que era un comentario extraño para la primera noche que pasas con alguien. Pero no le di mucha más importancia. Estaba siendo una gran velada. Mi falta de experiencia era compensada por la emoción del momento, y cuando las palabras no funcionaban, que era la mayoría de las veces, las caricias y los besos actuaban como un excelente traductor, más o menos. Acabó enseñándome una foto del cantante. Lo único que teníamos en común, o eso me pareció a mí, era el color del pelo. Solo pasamos aquella noche juntos. No la volví a ver.

La segunda vez no me dijo que le recordaba a alguien. Más bien fue algo que fui descubriendo por mi cuenta. Ella acababa de salir de una relación, y yo no fui lo suficientemente inteligente como para darme cuenta que hay heridas que tardan en cicatrizar. O que no cicatrizan nunca. No debí precipitarme, pero estaba ciego, ciego de una ansia de amar y de ser amado, como muchos a mi alrededor ya estaban experimentando. Esta vez fueron la inexperiencia y este instinto las que no fueron buenas consejeras. Decidí apartar las señales que aparecían en mi carretera, no prestarles atención, y las tomé por trucos engañosos de mi mente. Pero como cualquier otro mal conductor, yo también tuve el fatal accidente.

Decidieron, unos meses después de lo que explicó fue un desastroso final que profetizaba un “hasta nunca”, intentar reconciliarse. Ser amigos. Hablar las cosas como adultos. Me pareció lo más lógico del mundo. Pero la incomodidad y un extraño nudo que me apretaba las entrañas empezaron a aparecer cuando cancelaba planes para quedar con él, nos empezaba a comparar y alabar su inteligencia, y su acierto a la hora de elegir, mientras que yo, bueno, ahí estaba. Cuando lo vi pensé que me estaba viendo a través de un espejo deforme. Teníamos cierto parecido físico, ciertos gustos compartidos, pero en el fondo éramos muy diferentes. Aún así, no podía negar que, de un primer vistazo, poseíamos similitudes.

No puede decir que me cogiera por sorpresa que, el día más extraño de mi vida, tomando un café como cualquier otra mañana, ella me dijera que nuestra relación había terminado, pero que podíamos continuar con nuestras vidas como si aquello hubiera sido un borrador que escribe un escritor que acababa decidiendo que lo que acaba de poner sobre el papel no es lo suficientemente bueno para la novela que quiere crear. En aquel momento me sentí un parche. Un paréntesis poco apropiado.

La tercera vez venía de fuera, y había venido para quedarse en la gran ciudad. Necesitaba nuevos aires. Era divertido charlar con ella. Tumbados en el césped de un parque y dejando la conversación fluir sin forzarla, me explicó que, en realidad, había venido para superar una parte de su antigua vida. Un amigo al que había dejado de ver. Quería empezar de cero. Borrón y cuenta nueva.

“Te pareces a él, en cierta manera”. Eso fue lo que dijo. Antes de que pudiera descubrir qué detalles de aquellos recuerdos evocaba yo en su cabeza, decidí que quería dejar aquella puerta cerrada. Porque en realidad allí no se estaba escribiendo ningún libro nuevo. Tan solo se intentaba filmar la misma película con un actor diferente. Y, siendo sinceros, yo nunca he sido muy buen actor.

Todavía, hoy mismo, me pregunto si podré ser yo el recuerdo alguna vez. O mejor aún: formar parta de un cuento que empiece en la página número uno, y no salir a escena en mitad de la función, y ya que estamos pidiendo, añadamos un final feliz. Estoy cansado de ser el eco de unas voces que no pertenecen a mis labios. Copias de cuadros que no encajan tan bien en la habitación como los originales. De vidas que viven a través de mí como si yo fuera un recipiente vacío. Me pregunto si, en realidad, sí habrá un nuevo comienzo para mí o, de la misma manera que todas estas personas que conocí, yo también estoy huyendo de algo a lo que irremediablemente quiero volver. Me pregunto si hay un yo. Un yo al que querer.

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