Y te recubres todo de mármol,
así, como queriendo ahogar la luna,
y me miras con alquimia lacerada
en unos ojos de mar acongojado.
Y yo río, porque, en las lágrimas,
el sodio se confunde con la piel
que ha visto arder el tiempo
en hogueras de leve equipaje;
río por los huecos de Ferrara y clasicismo,
que se rompen las alas en un baile
de huesos y cerrojos (sin ti).
Río para que no me escuchen llorar las gotas
y los zapatos que cercan la campana de cristal.
Almohada, cofre de gemidos y lamentos,
devuélveme todo ese aire
como pegajosas perlas pendientes de tu voz,
que no quiero que mis labios se sientan tanto
como una pared de ruido.
Me llevo la ciudad sobre los hombros
para deshacer así la miel de tu figura,
para desposeerla de tu nombre
con el pretexto de algún químico,
y al fin poder morder la soledad
que sangra callada bajo mi lengua,
y darle brazos, boca, letra y pies
a esta columna de sal.

Silvia Gutiérrez Martín
@rea_silvia_
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