Julio

Julio reparó, de pronto, en la jaula vacía. Hasta la semana pasada allí dentro piaba un canario, el regalo que jamás llegó a darle a su hijo porque la madre no quería bichos en casa. En el fondo (se había convencido de tanto repetírselo) aquello había sido una estrategia de su ex para alejarlo de su vida y de la de su hijo, una especie de movimiento táctico para que Julio entendiera que las reglas del juego habían cambiado y que ahora era ella quien marcaba las invisibles líneas divisorias entre sus, cada vez, más alejados mundos. Pensó en su hijo. Pensó en el pájaro muerto. Muerto, además, entre sus manos. Recordaba haberlo sacado rabiosamente de la jaula porque piaba una melodía que lo estaba volviendo loco, una especie de alucinación auditiva que aparecía en el momento y en el lugar más insospechado: la radio, la televisión, la vecina cantando, un teléfono móvil…

Cuando logró atraparlo entre sus zarpas el animal temblaba aterrorizado mirándolo con sus diminutos ojos redondos. Sus latidos amenazaban con reventarlo y llenar de plumas sanguinolentas el pequeño salón de su minúsculo apartamento. Pero no ocurrió nada de eso. El pájaro murió asfixiado entre sus acalambrados dedos y él, aliviado por el cese del canto, lo arrojó a la basura. Y no estaba borracho, recordó. Le pesó esta circunstancia. Hubiera deseado estarlo, así, por lo menos, al rememorar el acontecimiento hubiera encontrado un atenuante a su crimen. Y es que la conciencia, desde que mirara la jaula, había empezado a preparar su dogal con meticulosidad de verdugo.

Casi no se lo creía, pero estaba pasando: hasta sus pedregosos lagrimales ascendía algo parecido al llanto. Hacía mucho que no le sucedía, no estaba seguro de si era eso o un ataque de angustia a los que estaba acostumbrado. Pero no. Aquello era distinto. Era como si la pena se materializara, apelmazándose primero y aguándose después.

Por su pecho trepó una sombra que le mordió la garganta, pellizcó sus mejillas y, finalmente, rebosó en sus ojos. Éstos parecieron hincharse a medida que la jaula se borraba tras las lágrimas. Cuando el agua ocupó por completo su mirada y sólo veía formas torcidas y abultadas, apretó los párpados. El salado y cálido líquido borbotó cayendo en gruesas y sucesivas gotas rostro abajo.

Aquella tarde Julio lloró.

David Pulido Suárez
@davidps81
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Publicado por Letras & Poesía

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