El cielo, tan azul, me reconcilia
con la vida, con todo lo que he sido;
desorienta las voces, el rugido
de los tercos demonios, la vigilia,
sangrante, donde el mundo nos exilia
de la patria sagrada, del sonido
de la dicha, del eco descendido,
tan dulce y tan preciso, que me auxilia.
La mañana me dona los ardientes
instantes que refrendan, tan urgentes,
la plenitud del tiempo y su latido.
Todavía, quizá, pueda salvarme,
pueda, Señor, de nuevo, reencontrarme;
ser feliz, otra vez, ya con sentido.



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