Solo un yerto perfume
queda en ese retrato perdido,
artificio de espejo adormecido
en la turbia ceniza
que deposita el tiempo.
Aquella luz de arena, aquel vencido
gesto que se ha quedado detenido
en la pirueta, amarga,
de ese mágico instante.
Los rostros se han borrado
en la épica epopeya
de lluvias fugitivas, de estaciones
errantes sin sentido.
Ya solo queda un vaho entristecido,
la pátina de niebla
velando la mirada.

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