Todavía el recuerdo de aquel sueño,
de las rosas yaciendo
en la penumbra alzada de unos ojos
negros como la noche,
me asedia cada día.
Se precipita en todas las arrugas
de los días vencidos, en el miedo
al fracaso del tiempo,
a ese absurdo contrato
sin fecha y sin recibo.
Detrás de la pupila, va creciendo
el amargo perfume de esas rosas,
que, lentamente, pueblan
de oscuras alamedas los resortes,
podridos, de las Parcas.
¿Será este el sueño dentro de otro sueño;
o, quizá, la antesala
donde empieza el sendero
que conduce a la estancia donde aguarda
el verdadero rostro de mi muerte?



Replica a Anónimo Cancelar la respuesta