La vela del bautizo cimentó
su fascinación.
Tan cerca a su rostro, el azul
se asfixiaba de rojo.
Tan pronto soltó la mecha
sintió los dedos vacíos.
Con los años incineraba
recuerdos en forma de delgados tubos,
inhalando siempre un poquito
más cerca.
Pero bastaría un toque para que
la asíntota de sus yemas
y la llama no alcancen nunca
la comunión.
En los ojos del pirómano la filia
se convierte en llanto.
Con la frente puesta en el cañón,
el pirómano se acostumbró a correr
hacia el abismo
con la única intención de caerse,
doblarse los tobillos,
embarrarse el rostro;
arder desde dentro,
para admitir que es un cobarde
temerario.
Saber que el fuego quema es lo mismo
que saber que la muerte apremia.
Mas eso no impide que la mano goce
con el deseo de la llama.
Al fin y al cabo,
el frío nace de los huesos,
y el pirómano solo quiere
dejar de sufrir el invierno.

Marianela Garrido
@marianela.1l1
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