Yo maté al unicornio

Me tragué el sol y la luna se me atascó en el pecho. El mar me lo bebí y, bañándome el estómago, me calmó a retazos la sed creciente. Pero no puedo tragarme las ganas de levantar el pecho, llenarme de aire caribeño, ver renacer mi primer mundo. Me siento, aporreo las teclas y siempre sale lo mismo. No puedo callar, no puedo voltear la cara. ¡Qué pena que la valentía solo me alcance para escribir en la diáspora!

Ya el poeta no se parece a su cantar, ni la tempestad a ti. Y la marca del hombro izquierdo, de la vacuna con que nos recibieron a todos, no surtió efecto ni Pi. Sí, trovador, a mí también se me perdió un unicornio. O mejor, lo maté. Lo amarré en el monte, entre llamas. No volví, pero de haberlo hecho las flores me habrían contado: mientras corría se me cayó la vergüenza también, y se quemó con el unicornio, y con los muertos que alumbran el camino. Ay, Silvio, a mí también me convidaron, pero me definí y alcé la voz. A ti las piernas de viajar se te han quedado cortas. No se puede andar con el diablo y con la Virgen a la vez. Hay que escoger; escogí, escogimos la muerte —física y metafórica—.

Me hundo en el fango y sigo sudando lo mismo: isla, cárcel, Ítaca ya no existe. Elegí morir…

Dany Perag
@danypera2707
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