El barrio que era casa y corazón,
hoy lleva un brillo ajeno y forastero,
desplaza a clientes y tenderos,
ambos compañeros,
y vuelve en agridulce memoria
la realidad de cada rincón.
La plaza, antes oasis del sosiego,
ahora es un desierto sin esmero,
un reflejo de la banda sonora
de los habitantes deshabitados.
Lo que fue rito, pulso, tradición
es ahora un decorado de mentira,
un parque temático de lo que fuimos,
la hierba sepultada por el cemento.
La hilera de edificios
que una vez nos dio protección
se vende al mejor postor;
inquilinos en idas y venidas,
se van desfigurando
en rostros irreconocibles
hasta quedar solo
el eco de lo “ido”.

Jotaerrecé
jota.errece
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