La venus del espejo

Lamento cada herida,
cada palabra oculta en la mirada;
cada adiós inclemente,
envilecido y torpe, que te he dicho,
mezquino -tan malvado-
que ha quedado escrito
en el libro sagrado del impío.
Pero, a pesar de todo, desde que vi
la luz de tu cintura, ese sonido
dulce de tu espalda,
la ternura de tu voz de terciopelo,
no he dejado de amarte.
Sí, como si acabases
de crear nuestro mundo
y todos sus satélites.

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