Con la luz que libera al primer aliento
despierta un hambre que se extiende
hasta el último suspiro de la existencia.
Se desata la fuerza que impulsa
el giro de un rehilete, cuyas aspas
se persiguen en cadena alimenticia
tiempo, vida y cuerpo:
el cuerpo devora la vida,
la vida devora las horas,
las horas devoran al cuerpo.
Aparecemos en el mundo dando bocados a tientas,
sin saber que se acaban, sin saber de sabores.
Crecemos, y esa novedad inocente, se pierde,
los sentidos se empañan por un halo de memoria:
comenzamos a imaginar segundos
mientras los segundos pasan.
Cortesía de azares divinos
el ahora se presenta a veces seco, a veces jugoso.
A cada mordisco desvestimos la fortuna,
como una mandarina
la vida separada en gajos
nos entrega días, años y temporadas.
Los andaremos sin brújula,
el porvenir, una veleta.
Uno a uno degustamos instantes,
algunos se vuelven costumbres, placeres cotidianos,
se queda con nosotros su dulzura.
Otros, milagros súbitos
nos alegran segundos apenas
y luego se esfuman.
Por más insípidas o ingratas
que sean las sensaciones del ahora,
mientras haya lengua y dientes
no dejemos de comer.
Aunque parezca eterno el resabio,
siempre será pasajero,
pronto regresa el aroma
de un cítrico agradable
en su punto sobre la mesa.
No olvidemos
que cuerpo, vida y tiempo
se devoran sin parar
hasta que la carne se agota
como la carne de cualquier fruto.
Cuando todo termine
miraremos aquellas promesas,
concedidas al dar nuestros primeros pasos,
plasmadas en cuentos y canciones,
en las vidas de los demás.
Habrá algunas cumplidas, otras rotas,
pero no habrá más en adelante.
Los latidos malgastados,
los bocados que no dimos,
no tendrán otra oportunidad.
Por eso me pregunto:
¿Cuánta vida queda en la vida de cualquiera?
¿Cuántos gajos restan?
¡Para comerlos más lento,
porque siento que se acaban!

Francisco R. Garcisán
@frgarcisan
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