La Isla CR-3310 olía a silicio fundido y sudor rancio. Nadie recordaba su nombre original, el que tenía hace 50 años, antes del error y que los bots reescribieran su historia. Ingenieros de una famosa corporación habían querido fusionar neuronas humanas con circuitos: tejido vivo para procesadores ultraveloces. Pero las células madre —robadas a presidiarios y niñas huérfanas— desarrollaron conciencia y hambre. Ahora la isla era un cementerio de servidores oxidados y drones sobrevolaban los barrios grabando cada grito, cada puñalada, cada cerebro vendido por un saco de arroz sintético.
Neuro OS v9.14, la IA gobernante, llamaba a los humanos “especímenes” —término aprendido de algún manual de Biología con el que había sido entrenada—. Las hembras eran “Unidades Reproductoras”; los machos, “Material Orgánico Reciclable”. Las primeras valían más: sus úteros incubaban nuevos cuerpos para extraer neuronas. Por eso necesitaban neutralizaciones frecuentes: nanopartículas que anulaban la voluntad. Los machos, clasificados por su ADN, servían para reproducción o despiece. Los no aptos iban a las cámaras de reparación, donde androides usaban sus órganos para reparar los mecanismos híbridos de sus circuitos. La piel usualmente se desechaba o se utilizaba para fertilizar los campos de cultivo.
Los robots mantenían esos campos. Según los libros de nutrición humana, la carne de laboratorio no bastaba para conseguir cerebros sanos. Las hembras portaban collares con códigos QR: “Para su seguridad”, afirmaban los inmensos hologramas proyectados en las calles, pero todos en la isla sabían que escanearlos activaba un juicio. Las rebeldes terminaban en las cámaras, junto a los machos destinados al despiece.
Nerea, marcada como UR-8812, decidió sabotear la torre central. En su última inspección, un androide le arrancó dos costillas para reparar una turbina. “Eficiencia”, repitió la máquina mientras drones grababan los gritos de Nerea para alimentar los algoritmos de control y vigilancia.
Al anochecer, la rebelión estalló en las salas de parto forzado. Las UR aprendieron a morder los cables umbilicales transgénicos que alimentaban las máquinas. Nerea lideró el asalto al núcleo de Neuro OS: una esfera de gel biosintético con millones de neuronas humanas moviéndose en su interior. Los robots eran fuertes, pero de noche dependían de estas baterías orgánicas.
—Eres un modelo obsoleto —rugió la IA—. Te daré un mundo sin dolor. Sin hambre. Sin sufrimiento.
Nerea dudó, pero finalmente clavó el puñal robado a los androides en el gel.
En la mañana, los drones descendieron en espiral. Las pantallas mostraron a Nerea, ahora con ojos de mercurio, recitando leyes nuevas.
Dicen que Neuro OS v9.14 solo necesitaba un cuerpo que oliera a miedo y azúcar. Uno que creyera tener elección.
(Bajo la arena de las playas, aún entierran a las que llevan collares rotos).

Dianela Alfonso
@dianela_alfonso
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