Primero me sacaron los ojos. Olía a sangre y a venganza —ojo por ojo, muerte por muerte—. Después, los sesos. El cuchillo de obsidiana negra era un instrumento preciso en las manos de aquel hombre experimentado.
Mi cuerpo menudo, purificado previamente en las sagradas aguas del Nilo, reposaba sobre la blanca losa de piedra. Una limpia incisión en el abdomen, que en otro tiempo había albergado vida, fue suficiente. Pulmones, corazón, tripas… todo fue depositado en cuencos rituales. El lugar que habían ocupado mis vísceras, aún calientes, fue rellenado con especias, paja y vino de palma. El aroma dulzón de la mirra se mezclaba con el hedor que escapaba de mis adentros.
Vendría luego la sal, encargada durante cuarenta días de consumir la grasa y la humedad. Cuanto más me alejara de la materia, más cerca estaría de la diosa.
Sin embargo, no había lugar para el perdón. Debía pagar con su vida quien había aniquilado la mía de forma tan vulgar.
—¡Es demasiado joven para morir! —imploraban los otros soldados a la muchedumbre enardecida, dispuesta a hacer justicia, piedras en mano.
Antes de que Ra hubiera alcanzado la cima del cielo, a las afueras del templo de Bastet, el mercado de Bubastis se había convertido en un tribunal improvisado.
—¡Piedad, por Pólux! —suplicaba el romano, extendiendo su mano derecha hacia el cielo—. ¡Juro por Hércules que fue un accidente!
El bronce cegador del amanecer había estallado sobre sus ojos cansados tras la patrulla nocturna. El soldado soltó la tensión de las riendas para cubrir su rostro herido por el sol. Todo se concentró en un instante eterno: el olor a especias picantes, a cerveza fermentada, a pescado dispuesto para ser secado; los gritos de los vendedores que preparaban sus puestos; el relinchar de los caballos confundidos; el bamboleo del carro; el traqueteo de las ruedas de madera…
Fue un golpe seco. No hubo dolor.
Algunos ciudadanos egipcios pedían misericordia. La mayoría pedía justicia… ¡para mí y para la diosa! Mi muerte no era una muerte cualquiera.
La tensión crecía a medida que el calor húmedo se hacía más sofocante en los callejones atestados y el olor a sudor reclamaba su lugar con contundencia. El blanco de las túnicas contrastaba con el rojo de mi sangre sobre el polvo.
Ojo por ojo, sangre por sangre. Ante los ojos incrédulos de los peregrinos, mis vengadores, pertrechados con piedras, comenzaron a lanzarlas entre insultos contra el asesino acorralado, que se retorcía de dolor.
De pronto, el sonido de cascos de caballos al galope acalló los improperios de la multitud airada y los alaridos del ajusticiado. La escolta real, abriéndose paso entre la turba, les obligó a detenerse.
Maldigo la traición de Ptolomeo y de su hija Cleopatra, quienes, alertados de lo que acontecía y temiendo represalias de Roma, habían enviado a buen número de sus magistrados y altos funcionarios. Llevaban órdenes de formar, con lanzas y escudos, un cordón protector que impidiese el linchamiento del infeliz y debían acompañarle a las afueras de la ciudad, salvaguardando su vida. Así lo hicieron.
Entre puestos volcados y mercancías esparcidas por el suelo polvoriento, un inquietante silencio se adueñó repentinamente del mercado. Solo las bestias de carga, atadas y nerviosas, se atrevían a romperlo.
Los sacerdotes del templo, llegados pocos minutos después que la escolta, depositaron mi cadáver sobre una manta blanca de lino con la que lo envolvieron cuidadosamente antes de colocarlo en la litera en la que habría de ser transportado hasta la Casa de Purificación. El olor a incienso y los golpes en el pecho de los presentes al paso de la sagrada comitiva daban testimonio de mi nobleza.
Me fui alejando. La diosa me esperaba.
El mercado fue poco a poco recuperando el trajín rutinario, los aspavientos del regateo, el contar de las ganancias, las risas infantiles de los aprendices que daban pescado a los gatos entre recado y recado…
Ojo por ojo, afrenta por afrenta. El magullado soldado, custodiado en todo momento por la escolta, se aproximaba, sediento y dolorido, a los barracones romanos a las afueras de Bubastis. Confiados, bajaron la guardia. Nada les permitía sospechar que cinco hombres, sigilosos y hábiles como felinos, los acechaban desde la distancia, recorriendo tejados y azoteas.
Piedras, hoces de bronce, ira contenida, sed de justicia. Sangre. Venganza. Veneración. ¡En el Egipto de los dioses, la muerte de un ser sagrado no podía quedar impune!
Setenta días después, mi momificación había concluido. Ya mi noble cuerpo había sido ungido y cubierto con delicados vendajes. Sobre mi pequeña cabeza, dos trozos de lino, hábilmente moldeados, hacían las veces de las puntiagudas orejas.
Fui llevada a las catacumbas de Bastet, protectora de la alegría y la familia. Mi alma estaba lista para hacerse una con la gran alma de la diosa gata.

Ana InVerso
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