Ya solo me interesa tu sonrisa,
su esbelta precisión, su curvatura.
No invoco más edén que la mesura
que enjoya de tus labios la cornisa.
Tu dicha me alimenta. La precisa
luciérnaga en tu rostro, la blancura
que robas a los astros. Mi armadura:
tu huella virginal —oreo, brisa—.
Permíteme extirpar cada rugido,
el vértigo abisal de cada pena
que brote, como lava, en tu latido.
Permíteme ser pecio de tu arena,
que muera por vivir en ti embebido.
¡Oh, mares! ¡Oh, naufragios! Luna llena.

Antonio Ríos
@antoniorios.poesia
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