Amaderada Cereza [+18] (parte 2 de 6)

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Dejé que la pequeña túnica cediera por mis hombros, acariciara los brazos y cayera al suelo con la elegancia de bordear mis pies descalzos. Entonces sentí su mirada posesiva sobre mi cuerpo, sobre la inmensidad de mis pechos, vientre y cadera. Sentí su propio calor y deseo de controlar mis emociones hasta que el mismo perdiera el control de las suyas.
Acércate, Kate —pronunció mi nombre en medio de esa extraña y devoradora sensación que crecía en mi estómago, revolviendo todo mi ser, hasta aflorar por cada poro de mi piel.
Asentí a su nuevo comentario, pues más que una orden, era la conversación cálida de un amigo, de una pareja, o del mismo padre que espera a que te sientes en su regazo para contarte uno más de sus cuentos. Cada paso que daba sobre el suelo era firme, pero nuevamente frío, tanto que el sentido iba desde mis pies hasta mi cerebro, transmitiéndolo por cada articulación, haciendo de mi carne un amasijo de hierros y cadenas inamovibles, férreas y glaciales. Necesitaba su calor, el que Álex pudiera darme esa noche.
No lo tuve bastante cerca hasta que vi algo en su mano, algo que colgaba un par de centímetros y era de color purpúreo. Era una cinta de tela que destinaría a mis ojos, con el macabro fin de enloquecerme aún más.
A los ojos, Kate. —Llamó mi atención hacia ese verde aún más intenso y adictivo que antes—. Te gustará —susurró contra el oído mientras abrazaba mi cabeza para atar con suavidad la tela a mis ojos—. Te doy mi palabra —dijo finalmente cuando ya no le podía ver.
Posicionó su mano en mi cintura, ejerciendo una leve presión hacia la derecha, lo que me indicó que debía colocarme sobre la camilla. Tanteé con las manos la aterciopelada sábana, su altura y posición, y me incliné hacia ella hasta alcanzarla en su totalidad, boca arriba y a la espera de su voz.
De espaldas —respondió el.
Sin pensarlo le ofrecí la mejor vista de mi trasero, redondo y suave. Un trasero que empezaba a clamar por sus manos, unas que cuando me tocan, se funden con cada curva de mi cuerpo, y el trasero era una de las curvas más peligrosas y sensualmente perfectas que podía brindarle. Sin embargo, tocarme no estaba en sus planes. No aún, y eso hacía desesperar mi posición suplicante.
Enseguida descubrí sus intenciones. Podía habérmelo pedido todo desde un principio, y no yendo paso a paso, multiplicando por mil la agonía de mi interior y esa lucha de sentimientos y pánico por la incertidumbre que parecían gritar mi nombre desde atrás de las cortinas doradas. Su mano impulsó mi vientre un palmo sobre la camilla, y obedecí a su petición, nuevamente en silencio, tragándome el nido de agujas que se formaba en mi garganta. Con las rodillas flexionadas, los brazos extendidos hacia la suavidad de las sábanas, y mi ciega mirada observando la más absoluta de las oscuridades, me centré en recibir el siguiente paso.
Di tu palabra segura —ordenó.
En ese momento supe que mi palabra se haría carne, y que de mis labios vendría lo que parecía una petición—. Drake —formulé como si fuera un conjuro.
Noté que habíamos dejado de estar solos, que otros pasos se aproximaban a mi posición y la duda se volvió corpórea al sentir una gran y cálida mano sobre mi nalga izquierda. No era la mano de Álex, y mi cuerpo se sobresaltó por el inesperado roce.

…continuará…

Por: Crazovey (Escritora de Letras & Poesía) 

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