Crónicas de una erupción

Parece que será un día normal de esos donde el sol brilla con toda su potencia y el cielo modela su común traje azul. Te levantas sin ganas después de haber escuchado la alarma sin parar, pues la cama, siempre tentadora, te invita a quedarte un poco más.

Desayunas lo de siempre: leche con café y pan tostado, cuando has acabado notas que tu estómago se siente extraño, como un mar donde los peces giran en forma de espiral formando un remolino al nadar.

Decides no hacerle caso y giras en dirección al pasillo, pero te paras en seco al sentir el mar desbordarse y comienza la odisea, la misma de cada mañana en estos últimos días.

No puedes sostenerte en pie y vas casi corriendo, dando tumbos hasta llegar al baño, tropezando con todo lo que hay alrededor. Cuando por fin puedes pararte frente al lavamanos, la cabeza se lanza hacia adelante, arrastrando con ella a todo el cuerpo con la fuerza de un terremoto.

Tienes que apoyarte fuerte para no caer, pero tus brazos están débiles, apenas sostienen tu peso y empiezan a temblar al ritmo de las placas tectónicas que parecen moverse dentro de ti.

Entonces, intentas lavarte la cara y te das cuenta que no puedes siquiera verte en el espejo, abres los ojos como platos y sigues mojando desesperadamente tu frente. Tu visión es borrosa como cuando hay niebla y te sientes un muñeco de cuerda en un infinito baile de salón, dando vueltas sin parar.

Al fin te pones de pie y respiras creyendo que todo ha acabado, pero justo ahí llega la primera arcada. Te oprimes el estómago, te curvas hacia adelante y desde entonces comienzas a regurgitar el desayuno una, y otra, y otra vez en pequeñas cantidades, torturando a tu sentido del gusto, hasta despertar el volcán que pensaste dormido y que ahora arrebata cada minúsculo trozo de tus entrañas y lo derrite con su magma hasta que no quedan más que gases dentro de ti.

La comida viaja con propulsión a chorro por toda la tráquea, el sabor se queda en la garganta, en las papilas gustativas de la lengua y ese contenido viscoso, casi líquido y desagradable termina en el lavabo.

El olor es insoportable y te hace repetir la escena hasta que solo queda el jugo gástrico en tu intestino, quien no contento con eso, lo expulsa dejando un amargo casi imposible de quitar.

Jadeando, sudada y débil te atreves a erguirte frente al espejo y mirar tu rostro desfigurado por la batalla: tus ojos hundidos y tu semblante descolorido. Tocas instintivamente tu cara y tu barriga y no ocultas el desagrado que te dejó la erupción.

Ahora toca limpiar la lava volcánica del baño y de la ropa, bañarse y salir al trabajo, pero las piernas aún temblorosas te piden descanso y solo quieres olvidar lo que acaba de pasar.

En ese momento te gruñe el responsable del desastre, culpándote de expulsar todo su contenido cuando tú intentabas mantenerlo dentro, exigiendo que lo llenes de otra vez, pero no te atreves a hacerlo, no tienes apetito.

Y así da un giro el día que comenzó tan común, tan cálido y se llena de caos e incomodidad y empiezas a sospechar que la vida se esconde dentro de tu volcán.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Emafis dice:

    Precioso, me ha encantado.Un abrazo

    Me gusta

    1. Tintazul21 dice:

      Muchas gracias Emafis qué bueno que te haya gustado :3

      Le gusta a 1 persona

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