Locomotoras salvajes

Monólogo teatral

Escenario: luz cálida, una silla, o varias, un mueble con bebidas, vasos, en un rincón hay una maleta vieja. En una silla está sentada una mujer, de unos treinta y cinco años, lee una revista, lleva un vestido viejo de color claro, de una pieza, sin mangas, la falda llega hasta la rodilla, pelo corto o recogido en una cola.
Se oye una armónica lejana, sorda, proviene de un aparato a bajo volumen o quizás de alguien que toca.

GIRL.      Noche de calor, igual que siempre. Algún día volverá el invierno y con él el frío. Dentro de quince mil años, que será cuando regrese, para irse de nuevo el cometa que se llevó el último frío hace diez-y-todos años. Bueno, ciento cincuenta siglos tampoco es mucho tiempo si finalmente vuelven invierno y helores.
(sonríe)
Aunque lo dudo, porque aquí no se quedan ni invierno, ni tempestades, ni sueños, ni viento; aquí, por no quedarse, no se queda ni el tiempo.
Como cuando lo del tren. ¿Recuerdas Virginia? Espera,
(gesto rápido y apaga el cigarrillo)
a ver si te encuentro y hablando las dos nos olvidamos del calor.
(aumenta el volumen de la música)
(se levanta, va a un mueble donde hay revistas y se arrodilla para comenzar a buscar, esparce revistas y papeles, aparece una foto, es otra mujer, la contempla unos instantes, parece escuchar la armónica, Girl pensativa. Al fin se levanta y apoya la foto en una de las sillas, y dirigiéndose a la foto)
¿Quieres tomar una copa?, claro, tú nunca decías que no, mientras estuviese la botella llena.
(saca una botella y dos vasos, los llena, uno se lo queda ella y el otro lo pone frente al retrato)
¿Cuánto tiempo hace que no soñamos…? Pero no, te iba a hablar del tren. También él pasó una madrugada y ya no volvió más,
(hace un gesto, y emite un silbido o algo similar)
visto y no visto, adiós, y si de verdad te he visto, ya no me acuerdo. Quizás se olvidaron de hacer las vías de regreso,
(se ríe)
o quizás ya nunca más, nadie volvió a sentir necesidad de ir hacia… bueno, no sé adónde. Así, aquel tren llegó a su final, pero allí no encontraron más que vacío y soledad, y quien quiera que fuese el amo del tren debió decir: “Bah, y ahora que ya hemos llegado al final, ¿para qué dar la vuelta si nadie ha de volver ni nadie va a venir a este purgatorio?” Los amos dejarían en el páramo su máquina y sus vagones vacíos y se irían caminando por otros mundos que ni tú ni yo conoceremos jamás.
(bebe)
Sí, tienes razón, también puede ser que en ese final los maquinistas se encontrasen con todo un enjambre de vías, estaciones, señales, direcciones, cruces, túneles, puentes…, y otros horizontes interminables, así que cogieron cualquier rumbo, posiblemente al azar; se perdieron por nadie sabe dónde y ya no supieron regresar. Ni pastelera falta que les hizo. ¿Y para qué? ¿para rehacer un recorrido que en miles y miles de kilómetros por tierra llana y monótona sólo se volverían a encontrar con aquellas dos locas que se pegaron el madrugón padre para ver pasar un tren…?, porque jamás en mi vida me he vuelto a levantar a hora tan inhumana, excepto…, bueno, cuando lo tuyo, cuando llamaron a la puerta para decirme que te habían encontrado…, como te encontraron… Pero esa vez no cuenta Virginia, ese madrugón, a pesar de todo, te lo perdono.
(pausa, bebe, mira hacia una supuesta ventana, se oye la armónica a lo lejos, sigue hablando, más despacio y con la cabeza baja, mirando el vaso)
Dos locas en la madrugada, junto a la vía, ¿qué nos debíamos imaginar?, pegábamos el oído al raíl, ¡ya se oye…! Y pronto una luz, un punto brillante y muy lejano, como una estrella que se acerca a ras de suelo, en silencio. ¿No hacen ruido los trenes? Pues claro tonta. Por fin lo tenemos casi encima, con un estruendo que hace sacudir la Tierra entera, levantando a su paso polvo y piedras que caen sobre nosotras ¡Encima nuestro, a menos de un metro del monstruo! Los hombres del tren nos debieron ver e hicieron soplar el silbato. ¡Bien fuerte! Tú y yo nos cogimos de la mano, y nos pusimos a gritar, como verdaderas histéricas, cuando aquel pitido largo y agudo nos rompió los tímpanos y penetró hasta donde nada, ni nadie, nunca, nos había llegado antes. Pero nuestros gritos eran pobres gemidos entre el estruendo de la batalla.
(pausa tensa, cierra los ojos, como si estuviese otra vez sintiendo aquella sensación. La armónica ha subido el tono, ahora desciende)
Cuando pasó, temblaba el suelo y temblábamos nosotras, nos dimos cuenta que estábamos abrazadas, nos separamos y nos reímos con la risa floja, sin saber porqué, como tontas, como quinceañeras que éramos. Cogidas aún de la mano nos fuimos al centro de la vía y nos quedamos contemplando el tren que se alejaba, y así mucho rato. Largo tiempo. Hasta que el sol salió del todo abriendo de par en par un nuevo día que para nosotras ya se quedó como “El Día del Tren…” El Día del Tren… El Día del Tren que ya no volvió.
(pausa, se oye la armónica)
Dicen que cada vez que se ve un cometa en el cielo ocurren grandes cosas aquí abajo.
(se levanta y mira por una supuesta ventana)
Para ti y para mí, aquel tren fue como un cometa. Comenzaste a verte con el tipo aquél, un cincuentón que siempre olía a grasa, casado, con hijos y no sé qué historias más.
(le grita a la foto)
¡Estás loca Virginia! ¡Deja al tío ése y vámonos! ¿Qué hay que hacer en este miserable rincón? ¡Nos iremos con el tren cuando vuelva! ¡Tú y yo, lejos, bien lejos hasta donde ya no hayan más vías, hasta donde nos lleve el tren, hasta donde se acabe el mundo, hasta que se nos gasten los pies!
(pausa)
Pero el tren no regresaba, y para invocarlo, nos íbamos las dos cada noche hasta la vía. Bebíamos un poco, aunque tú bastante más, porque tú siempre lo hacías todo un poco “bastante mas”. Qué locas, nos descalzábamos y corríamos por los raíles; corríamos bajo las estrellas; por las paralelas que brillaban cuando había luna, y tú y yo éramos locomotoras salvajes y desbocadas; locomotoras descalzas y bravas consumiendo la fuerza contenida hasta la extenuación en carrera sin sentido. Sólo hasta donde nuestra imaginación y nuestro aguante nos decía que podíamos llegar. Nos decíamos: “Hoy solamente correremos hasta que vomitemos de agotamiento”
(ríe y bebe, pausa, se acaba su vaso y lo deja frente a la foto de Virginia, coge el otro vaso)
¿Quieres un poco más?, claro, tú siempre quieres un poco más.
(se lo llena, muy seria, habla como con asco)
Te preñó el muy cerdo,
(bebe)
y ya nunca más fuimos locomotoras libres y salvajes; se acabaron las carreras a lo largo de las vías del tren; los raíles se oxidaron y dejaron de brillar en las noches con luna… De Virginia nadie hablaba; eras la cosa oculta y prohibida de nombrar, el anatema Virginia. Algún día volverá el jodido tren, te decía yo, y nos iremos, pero las dos sabíamos que era mentira, tú ya eras un vagón demasiado pesado y no existía una máquina capaz de moverte.
De vez en cuando intentaba espabilarte un poco explicándote no recuerdo qué cuento de una autopista que debía pasar por aquí, decían, pero tú ya no me escuchabas, sólo mirabas y pensabas, o quizás ni eso.
(bebe)
Segundo y último madrugón en mi vida. ¡Sí, ya sé que lo has oído muchas veces!, pero es que quiero repetirlo:
(bebe)
alguien llama a mi puerta y me dice: ven, ¡corre!, han encontrado a Virginia muerta. ¿¡Dónde!? Donde lo del tren. ¿¡Cómo ha sido!? ¡Dicen que se ha suicidado! ¡Pero vamos!
(pausa)
Adiós Virginia, te fuiste sin marcharte.
Yo aún me quedé mucho tiempo esperando el tren que no volvió, y tampoco fui más una locomotora salvaje y libre. ¿Me preguntas que ahora qué?
(mirando a la foto)
pues ahora qué más da, ya llevo demasiado tiempo acumulado, y eso pesa; pesa para moverse porque el tiempo pesa como plomo… Bebes mucho Virginia,
(se vuelve a llenar un vaso)
El calor también pesa
(se sienta, separa las piernas y junta las manos entre ellas),
Locomotoras inútiles, locomotoras yermas.
(se oye la música, levanta la cabeza)
¿Quién será ese de la música? ¿Otro loco? Siempre ha habido algún alucinado que otro, aunque puede que no sea más que el viento. ¿Sabes?, dicen que el viento vuelve loca a la gente.
(ríe)
Pero esta noche el viento quema como cuando…
(se calla, se para la música)
Algunas noches me gustaría ser capaz de irme a correr por donde decían que tenía que pasar la autopista aquella.
(ríe)
De esto tú no te enteraste porque fue una historia que se hizo grande más tarde. ¿Te lo creerás si te digo que aquí la gente se lo tomó en serio?, claro, hasta llegaron a ponerle su número y todo: Autopista Continental número seis. Como si aquí hubiesen tantas vías de escape que hiciese falta numerarlas para saber por dónde se iba cada quien.
(ríe)
¿Y por qué no otro número, el siete o el quince, por ejemplo?, ¿y por qué no una letra, la X o la N, que son las letras de la indefinición?
(pausa y de pronto seria)
¿y por qué no un nombre, un color, un miedo, un temblor, una sombra…? No, tú esto ya no lo llegaste a conocer, tú y yo nos quedamos en lo del tren, y hoy no hablaremos de la Autopista Continental número seis, ni de ninguna otra cosa más; con este calor se me han ido hasta las ganas de hablar.
(pausa, recoge la foto, mira a lo lejos, la armónica sorda, lejana)
No tengo ganas de seguir más, ni de hacer nada en este miserable lugar…, ahora sólo deseo oír ese viento que se va.
(bebe despacio mientras escucha la música que se va aflojando. Descenso lento de luz)


Se representó por última vez en la Librería Spagnola de Roma

Por: Lluis López Sanz (España)

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Estupendo! Difícil el género teatral

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  2. lluistiana dice:

    Gracias Anacentellas, me alegro de que te haya gustado.

    Lluis

    Me gusta

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