Soneto III

Un avispero de tormenta y fuego
mi corazón besa bajo la bruma;
crece la tempestad, la luz esfuma
la marea que crece y encoge al cielo.

Que lo de ver no pudieron mis celos
al sentir sangre sin pecho que abruma
un desierto de triste arena y espuma
cabalgando en las olas, llantos presos.

Pequeñas pisadas en cieno y arena
con aquellas frías rocas aciagas,
constelaciones negras y serenas.

Y su voz tenue de esplendor apaga
todo cuanto chispea en la pena
de un vacío mar inmeso en mi alma.

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