Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía María Reig (España)

No, yo es que soy de aquí

El otro día casi me echan de mi ciudad. Sí, fue una experiencia horrible. Todo fue por culpa de mi novio, que se empeñó en que fuéramos al museo del Prado a ver una exposición temporal sobre la obra de Goya. Yo le intenté explicar que cualquier persona de la ciudad que se precie no puede ir a ver las cosas interesantes que tiene a menos de veinte kilómetros. No me quiso entender.

Partamos de la base de que él es de una de esas ciudades dormitorio cuya primera piedra se puso hace menos de diez lustros. Claro, los de ‘pueblos/ciudades/pedanías no turísticos’ no conviven con esta realidad, pero yo, que tengo sangre metropolitana corriendo por mis venas, se lo tuve que explicar.

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Después de tres intensos debates, me convenció de ir al Prado. El Prado es ese lugar que, en Madrid, todos sabemos dónde está, pero que ponemos interés en no visitar.

Era una mañana de sábado cuando se produjo el crimen. Me estaba vistiendo y ya sentía que una parte de mí dejaba de ser madrileña. Mientras íbamos en metro, buscaba miradas cómplices por doquier. Les gritaba en silencio que me salvaran de aquella atrocidad, pero nadie me escuchó. Mi novio, pobre ignorante, miraba ilusionado hacia todas partes. Estaba pletórico. Yo, mientras tanto, pensaba que era un necio que no sabía cómo funcionaban las cosas en las ciudades con lugares históricos. Al llegar a la parada, respiré hondo y bajé.

Constantemente, miraba hacia los lados en busca de salidas, de posibles excusas para huir de aquel terrible destino, pero todo fue en vano. Yo, madrileña desde hace más de veinte años, me vi obligada a ponerme en esa infernal fila de entrada.

Delante de mí, anulada urbanita, se desplegaban todo tipo de turistas. Estaban estos grupos de cámaras enormes con un japonés pegado detrás. Yo les observaba intentando adivinar la manera en que se distribuyen las vacaciones en ese lejano país. Y es que, allá donde el turismo y las ganas de conocer mundo me han llevado, fuera cual fuere la época del año, me he encontrado a un grupo de simpáticos japoneses en las filas de museos, en las visitas guiadas, en los autobuses turísticos… Hubo un tiempo en que pensé que los contrataban los ayuntamientos para hacer bulto.

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Al lado de la masa de viseras y réflex con teleobjetivo (que todos sabemos que son muy necesarios para fotografiar la Cibeles y los cuadros de los museos), estaba esa familia procedente del norte de Europa que ha decidido que estamos en agosto en vez de en abril. Los españoles del centro de la meseta, ligeramente más flojitos con esto de las temperaturas, vestimos cazadora, botas y hemos recordado echar una bufandita en el bolso “por si acaso, oye”. Ellos, sin embargo, parece que después de la visita al Prado se van directos a Marbella.

Lo de los calcetines blancos con chanclas voy a obviarlo. Es un hermanamiento de prendas que jamás lograré comprender. Yo lo miro muy fijamente y me digo a mí misma: “Quizás es algo revolucionario y el calcetín le da a la sandalia lo que la sandalia necesita y viceversa….y es un no sé qué que no se halla en ningún otro zapato. Puede que sean amantes incomprendidos, separados impunemente en el cajón y en el zapatero… Lo mismo hay un mensaje implícito que no estamos sabiendo leer…”. Después vuelvo a la realidad y decido que solo por dejar que lleven esa combinación y no mirarles los pies con tics en el ojo, nos deberían hacer socios de honor en la Unión Europea.

La cola de la entrada daba para mucho. Para tanto que a mi madrileño trasero le pegó una patada un chaval de algún rincón del país/mundo en que se fabrican niños gritones a los que no les gusta ir a museos. Le lancé una mirada envenenada, pero, claro, así en la fila, no daba la pinta de ser de la ciudad y tener contactos a menos de dos manzanas. Me veían como a una turista más.

Sí, porque siendo de Madrid, y me entenderán los habitantes de las grandes ciudades o rincones altamente visitados y/o fotografiados de la geografía española, ya todo el mundo que va con cámara de fotos te parece un turista. Puede ser de Madrid, gato, gato, gato, gato, gato, gato… (y así hasta el infinito y más allá) que tú pensarás que es un turista. Puede ser de Oviedo, con un árbol genealógico emparentado con don Pelayo, que si lleva réflex, gorra, se ha quemado, es un poco rubito y le ves perdido en la ciudad, pensarás que es un turista extranjero.

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Fuimos avanzando hasta la puerta de entrada. Yo observaba a aquellos habitantes de algún lugar del planeta emocionados. Mientras tanto, mi corazón latía con fuerza. Me sentía una extraña, me sabía indefensa… ¿Qué hacía yo allí? Mi novio pagó las dos entradas para la exposición. Veintiocho euros. Eso ya tenía que marcar que no debíamos estar allí. Le dije que no cogiera guía, que yo se lo explicaba, porque siendo de Madrid, digo yo que debo de tener la información de las exposiciones del Prado en el ADN. Mi querido acompañante no tenía demasiado claros mis argumentos, así que cogió una guía. ¡Ala! Casi diez euros más.

Esa situación ya era denigrante. Me pasé toda la exposición poniendo cara de erudita de las artes sin anestesia, ni guía, ni folleto. De todos modos, el Prado siempre iba a estar a veinte minutos de casa. Podía volver en cualquier momento de mi vida. ¿Para qué tanto entusiasmo? Aunque para hacerme la cola otra vez, me tendría que dar un golpe en la cabeza (de los fuertes).

A la salida, yo seguía quejándome acerca de su empeño por hacerme renunciar a mi identidad. Él no lograba entenderlo. Pero a los días, llegó la carta de la Comunidad de Madrid. En ella me daban el aviso de que si volvía a pisar algún museo o lugar de interés cultural de la zona, me exiliarían. Yo lloraba desconsoladamente mostrando al incauto de mi novio las repercusiones de su mentalidad de ciudad dormitorio. Le conté el caso de mi amiga Paloma, a la que expulsaron de Barcelona por ir más de tres veces al Parc Güell.

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Al verme tan afectada, decidió darme una sorpresa. La semana pasada apareció con dos billetes de avión para París. ¡Nos vamos dentro de tres días! Estoy tan emocionada que ya he empezado a vaciar las tarjetas de memoria de mi réflex con teleobjetivo. Sí, porque es que yo cuando salgo de Madrid, no sé qué me pasa que me entran unas ganas atroces de fotografiar cada rincón. Mi novio a veces se desespera y me grita: “¿¡Quieres dejar de hacer fotos a alcantarillas?!”.

Y es que, amigos, todo habitante de un lugar turístico (ya sea ciudad, pueblo o aldea) que se precie sabrá que, aunque de allí no conozcas nada, si vas a otro sitio turístico en el que no vives, todo te resultará interesante. Pondrás esa cara de emoción en la cola de los museos y llevarás atuendos solo admisibles si te encuentras de viaje (pensando aquello de: “Bah, si aquí no me conoce nadie”).

Entonces, y rodeada de ese grupo de japoneses que nunca falta a su cita, observarás a alguien con cara de pocos amigos. Ese, justo ese, es un urbanita renegado como yo, obligado a violar uno de los principios básicos de vivir en una gran ciudad y/o rincón de interés turístico: mantente al margen, de tal modo que si alguien te pregunta algún día si has ido a un lugar famoso en el mundo entero, puedas responder “No, yo es que soy de aquí”.

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11 comentarios

  1. Muy identificada contigo. Yo solo voy al Prado o a algún otro museo cuando viene algún amigo de fuera de Madrid y se pone pesadito con pasar allí el día.
    Si tienes que ir otra vez, compra las entrdas en la web del museo. Te salen un pelín más baratas que en la puerta 😉

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    1. ¡Hola, Erika! Totalmente. Yo creo que cuando vienen visitas y les llevamos por Madrid, casi alucinamos más nosotr@s al descubrir todo lo que tiene nuestra ciudad. ¡Tomo nota de lo de las entradas! Mil gracias por el consejo. ¡Un saludo! 🙂

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    1. ¡Hola, madrileño! Ay, qué ilusión que te haya gustado y hayas pasado un buen rato con esta reflexión. Absolutamente cierto, muy muy agotador (y peligroso, ya sabes…la carta de la Comunidad de Madrid puede llegar en cualquier momento) xd. ¡Un saludo y mil gracias por tu comentario! 🙂

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