Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Verácida (España)

Duermevela, un capítulo en la vida de Charlie Stoner.

El agrio sabor a cerveza, doble malta, que recorría su garganta le ayudaba a refrescar sus entrañas. Las mismas, tan castigadas por la vida que a veces no sabían si seguir descomponiéndose o darse una tregua en el camino.  La razón por la que se encontraba sentada, en aquel taburete de aquel bar de dudosa reputación no era ni honorable ni recomendable…Estaba allí con la premisa de llenar el vacío de su existencia, a fin de cuentas no se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él*.

Los tugurios, siempre aportaban la luz adecuada a los indeseables que lo frecuentaban; para que la oscuridad fuera cómplice de sus fechorías, sus ojos analizaban todo el lugar viendo como cobardes echaban polvos en las copas de ellas, como ellas robaban carteras de engreídos y finalmente, el choque de miradas que tuvo con otro depredador.  ¿La diferencia? Se trataba de un desconocido bastante conocido, por suerte ella llevaba botas nuevas listas para mancharlas de sangre.

Deja su cómodo asiento para hacer fechorías en otro lugar o quizás, para que la fechoría la siguiera. Sale del bar y al girar la esquina escucha un “crack” efectivamente, la fechoría había acudido tras ella.

-¡Stoner!- Clamó la voz en la oscuridad del callejón.

-¡Rousseau! ¿Cómo tú en un lugar tan desalmado? ¿Acaso se te acabó la fe en la humanidad?

-¡Déjate de juegos, Charlie!- Dijo acercándose a ella.

– ¿Y dejar a un lado, la adicción?- Le pregunta, girándose con sonrisa torcida y ladina.

-Dejar a un lado… autodestruirte.- Sentencia él antes de besarla.

Rousseau era de esa clase de personas, que poseían ese efecto analgésico que hacía que se quedara en un estado de duermevela, lograba que se relajara en ciertos aspectos pero ella era un animal salvaje, era libre y no necesitaba que nadie con complejo de buena persona la salvara de nada; porque ella no quería ser rescatada de nada.

Es entonces, cuando él cae de rodillas mientras ella sonríe, le acababa de hincar un puñal en una costilla.

-Entérate de que no quiero un héroe, quiero un cómplice.-  Ahora en su oído…-¿Cuánto tiempo crees que te queda antes de sucumbir a la oscuridad?.-Le da otro beso y lo deja allí, desangrándose.

No hay cargo de consciencia en su mirada, sino emoción al sentirse capaz de controlar o más bien, hacer diluir la cordura de él… pero de nuevo, la sensación de júbilo llevo al vacío intenso. Volvía a aburrirse y por ello, entro a otro bar donde comenzó a beber buscando o más bien ansiado, esa sensación anestésica que solo el alcohol junto con buenos alucinógenos podía brindarte sin que fuera realmente peligrosa.

En medio de su viaje interesante, perdida entre sus pensamientos que le hacían abrazar la vida y la vigilia apareció un nuevo pasatiempo; un insensato que creía sabérselas todas y no tenía ni idea de nada. Ella alza su vaso, para brindar con él:

-Por una espléndida noche…- Le dice, poniéndole una sonrisa encantadora mientras el doble malta de la cerveza le recordaba que aún era capaz de sentir… La pregunta era… ¿Cuánto le duraría el juguete antes de que saliera despavorido? O quizás, la verdadera pregunta sería…¿Porqué Rousseau era más efectivo que cualquier otra droga?

Acaso había sido tan estúpida de haberse enamorado… ¿Podía ella, enamorarse? El ser más putrefacto e inmoral?

-Voy un momento al baño, ahora vengo…- Mentira, sale del bar y vuelve a aquel callejón donde Rousseau se debate entre la vida y la muerte. Le pisa la mano, segura de haberle roto algún hueso porque el estúpido no había usado su magia para curarse, lo que significaba que estaba seguro que ella volvería… Hace lo propio, sacarle el puñal y aplicar el hechizo sanador, para luego llevarlo a su casa.

Él, rozaba la inconsciencia al depositarlo en su cama. Ella, amoral por definición decide desnudarlo, dejándole solo en ropa interior. Prepara un mejunje que el aplica en la herida y el contempla, irónica ante la situación que se le planteaba. ¿De verdad no era capaz de dejarle morir?

Cuando recuperó algo de color, botella de vodka en mano Stoner la deja en la mesa y por primera vez en años decide compartir cama sin oscuros propósitos con alguien. Duerme a lado de él y siente esa sensación, esa desagradable sensación de duermevela… La sensación de que quizás y solo quizás, su existencia no era tan miserable en el fondo.

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