Crímenes consentidos (tetralogía) Primavera – Machismo. Segunda parte

Crímenes consentidos (tetralogía) Primavera – Machismo. Primera parte

El juez levantó el atestado y se fue. Unos operarios retiraron el cuerpo. El lugar, lentamente, fue quedándose desierto. La multitud se fue dispersando, mientras en los jardines volvía a reinar el silencio, quebrado por el trino de los pájaros, y el leve roce de las ramas de los árboles, mecidas por el viento.

Sonó un celular. El inspector extrajo su teléfono del bolsillo interior de su chaqueta.

—¿Sí?

—Inspector, se ha suicidado un individuo, al parecer se trata de la pareja sentimental de la mujer asesinada esta mañana. Lo están confirmando —dijo una voz al otro lado.

—Gracias, González.

El inspector apagó el móvil y apretó las mandíbulas. Había vuelto a suceder, pensó, una nueva víctima más. Otra que le tocaba a él. Experimentó una sensación amarga. No podía olvidar las otras anteriores: una había sido quemada viva, la otra con un disparo de escopeta en el pecho. Todas con hijos. Todas habían denunciado con anterioridad. Todas tenían miedo de que sucediese lo que les sucedió. Todas tenían escrita una muerte anunciada, mientras los jueces se dedicaban a dictar medidas cautelares que no servían para nada, solo para que él, ellos, fuesen a contemplar lo macabro de cada una de las escenas. Y para sentir la impotencia, mientras los gobernantes se dedicaban a aparecer ante la opinión pública, llenando todo el espacio de la pantalla de televisión con cara cariacontecida, diciendo que se estaban poniendo todos los medios. ¿Qué medios, de qué medios hablaban? Él había hecho lo mismo de siempre, ir al lugar del crimen y contemplar la barbarie. Punto. Y el hecho cierto es que los crímenes machistas, no solo no habían disminuido, sino que se habían incrementado. Ellos no tenían que presenciar lo que a él le tocaba ver cada vez que se producía una de estas brutalidades, especialmente cuando se llevaban a cabo delante, incluso, de  los hijos. Pero, lo peor, era que la opinión pública siempre acababa por ponerlos a ellos en el punto de mira. “Entran por una puerta y salen por la otra”, ¡como si dependiese de ellos! Para los gobernantes todo se trataba de cifras, reflexionó, porcentajes. Más o menos que en el período anterior, eso es lo que al final contaba. Si la cifra aumentaba, mal, si disminuía, estupendo, ya se podía pregonar a los cuatro vientos que las políticas estaban dando resultados. Las historias que había detrás de cada uno de estos dramas no importaban, los corazones rotos, las vidas truncadas, los daños psicológicos y morales tampoco. Eso era literatura.

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