Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Javier S. Bernal (España)

Frustración

—¿Está usted segura de que debemos seguir? ¿Es consciente de que hemos encerrado en un cuartucho a uno de los doctores en Historia y Criptología Antigua más afamados del continente? Y todo esto, ¿para qué? —aquel joven se había empeñado en irritarme. Su semblante, timorato, distaba mucho del aplomo que imprimía a su voz cuando utilizaba el distorsionador.

—Tus malditos remilgos vuelven a la carga —le espeté, cansada—. No tenemos tiempo para dudas; ya sabes por qué y hasta cuándo.

—Pero, señora… —trató de reconvenirme.

—En lo que a ti te concierne, dedícate a desarrollar las siguientes pruebas. Hasta ahora, no hemos conseguido desafiar su intelecto y, como ya debes tener claro a estas alturas, no es solo su cabeza lo que está en juego —golpeé enérgicamente en la mesa, y, así, di por finalizada aquella infructuosa conversación.

El hombre acató mi parecer como si de una orden se tratara y volvió a enfrascarse delante de uno de los monitores que abarrotaban la gran mesa del ordenador central. Aquel ingeniero informático, aficionado a las matemáticas, era un sujeto singular. Su estatura, bastante menuda, contrastaba con sus rasgos caucásicos marcados. Una nariz griega, enmarcada en un rostro bien proporcionado, dotaba al científico de una apariencia extrañamente atractiva. No volvió a levantar la vista de aquella sucesión de ceros y unos durante las dos horas posteriores.

En la soledad de mis pensamientos no había lugar para disimular. Yo tampoco disfrutaba con aquel encargo. Pero, desde que elegí aquella vida, comprendí que el momento de enfrentarme al doctor De la Riba llegaría antes o después. Y en esas estábamos. En el fondo, me habría gustado que fuera diferente; lo sabía desde hacía mucho tiempo. De súbito, algunas dudas se apoderaron de mí: ¿salvar a su amiga Natalia sería aliciente bastante para mantener la atención de aquel pobre hombre y llegar hasta el final? ¿Qué ocurriría si el prisionero no lograba resolver todos los desafíos o si, hastiado, decidía darse por vencido?

Tratando de despejarme un poco, abrí la ventana que daba al pequeño balcón y me asomé, ansiando capturar la mayor cantidad posible de aire limpio. Necesitaba abordar con precisión un par de asuntos cruciales: en primer lugar, debía pulsar hasta dónde estaría dispuesto a cooperar el doctor a cambio de la vida de su amiga Natalia y, posteriormente, debía proveerle de las pruebas suficientes para que se mantuviera activo… sin que, ni siquiera, llegara a sospechar la verdad.

En esos momentos, ilusa de mí, no podía prever todo a lo que habría de renunciar por llevar a cabo aquella misión. Quizá, de haberlo sabido, habría optado por la única solución posible: acabar con la vida del historiador sin titubear, en aquel mismo instante.

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