Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Javier S. Bernal (España)

Confusión

El plan estaba en marcha, según lo previsto. Había preparado aquel encargo desde hacía demasiado tiempo; no era momento de titubear. A través del gran panel compuesto por pantallas, vigiladas permanentemente por el infeliz que hacía las veces de mi subalterno, poseía un control total de la situación del profesor De la Riba. Le contemplé, atenta, mientras daba vueltas en círculo, visiblemente nervioso, en aquel mortecino cubículo, que apenas llegaba a poder ser considerado un zulo.

Me puse a pensar en los motivos que me habían llevado hasta aquella sala de control. Lo cierto es que el profesor De la Riba, cuando solo era conocido como Alexandro, era de esas personas que te llegaban adentro desde el primer instante; era capaz de conectar con lo más profundo de una misma: una persona reflexiva, atenta, inteligente, observadora y pragmática, sobre todo, pragmática. A lo largo de los años, a pesar de no compartir clases ni amistades, lo acompañé en muchas de sus aventuras y fui testigo de excepción de todos sus logros, así como también de sus mayores decepciones. Incluso alguna de ellas me tuvo a mí como protagonista.

—Señora, sigo pensando que media hora es muy poco tiempo. ¿No podría reconsiderar su ultimátum? —aquel hombre estaba, en secreto, enamorado de mí. Yo había hecho de su lealtad un valor para mi quehacer cotidiano, pero, en especial desde que comenzamos a planificar aquel encargo, su sola presencia llegaba a agotarme la paciencia.

—Román, por última vez. Dedícate a cumplir tu parte del plan y no incordies —taladré, con un rápido vistazo, su frágil mirada y me concentré en mis propios pensamientos.

De repente, sentí que me precipitaba a un abismo desconocido, como si mi cuerpo y mi mente se disgregaran y esta última accediera a un plano paralelo donde solo existíamos Alexandro y yo. “¿De verdad quería matarlo? ¿Iba a liberar el mortífero gas si es que el profesor no lograba comprender mi sufrimiento?”.

Mi lado consciente recuperó el control en el momento en que, a través de una de las pantallas, la que recibía la señal de una cámara que enfocaba la parte central del espacio cerrado desde el suelo, comprobé que De la Riba se había sentado, con las piernas cruzadas y las manos ocultando su rostro. No podía estar segura, puesto que la imagen no venía acompañada de sonido, pero el semblante de aquel desdichado parecía reflejar una inmensa pena o, quizás, soportaba el peso de toda una vida marcada por el dolor.

“¡Mierda! Conozco demasiado bien a ese hombre”, pensé mientras salía de la sala de control en busca de un café. Di unos pasos distraídos y me detuve. Detrás de aquel grueso muro de carga se encontraba el profesor De la Riba… o Alexandro, ya no era capaz de saber quién era la persona a la que había retenido contra su voluntad. Pegué la oreja al frío de la pared, tratando de averiguar hasta los más íntimos pensamientos del confinado. “Pero, ¿qué estoy haciendo?”, me dije y me apresuré en la búsqueda de la bebida caliente.

“Seguro que el profesor averiguará la verdad antes de 30 minutos. Es demasiado inteligente como para que se le escape mi martirio”.

Qué equivocada estaba…

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