Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Psique W. (España)

La guardiana

Al igual que la luz se filtra por los cristales rotos de las vidrieras de colores, penetra la pequeña Caterina en la vieja cripta real. Primero se asoma tímidamente por el hueco abierto en las impresionantes puertas de madera, que dan paso al interior del abandonado mausoleo regio, rematadas con un arco ojival polilobulado. Tantea el terreno con la mirada, moviendo su diminuta y curiosa cabeza de un lado a otro, cerciorándose de que no hay nadie dentro. Y finalmente planta lentamente sus pequeños pies en el suelo de piedra sobre el que descansa el devenir de la Historia. Es como una paloma blanca revoloteando por las ruinas olvidadas del pasado.

La pequeña Caterina, con sus mofletes colorados, su cuerpo menudo y sus manos regordetas, camina despacio por la antigua cripta de los reyes y reinas viejos. Es un lugar tan grande, que la vista se pierde en sus numerosas naves. Incontables para ella. Rematadas con finas bóvedas de crucería, pasillos de elegantes arcos góticos, hermosos rosetones, brillantes vidrieras, gabletes y cresterías.

Y en cada una de esas naves, un grupo de tumbas reales. Hombres y mujeres que antaño fueron importantes por nacer en un castillo con gruesas paredes de piedra y que disfrutan ahora del sueño de los muertos. Caterina se detiene en todas las tumbas. Una a una, como si las saludara en silencio sin mover los labios. Las va tocando, acariciándolas, y las mira atentamente abriendo de par en par sus enormes ojos verdes.

Ella no conoce aquellos nombres, apenas sabe leerlos. Aun así los recorre todos los días. En su analfabetismo infantil alcanza a leer el nombre de Daven Rusbel, que, según la inscripción de su tumba, fue un rey bueno que llevó la paz y la prosperidad a su pueblo. Además de ser el monarca más generoso y el más grandes gobernante y líder amado por su gente que jamás haya existido.

Las letras, cinceladas en la piedra o incrustadas en metal otrora bruñido, se le antojaban a Caterina extraños dibujos que ella tenía que descifrar. El siguiente nombre que lograba leer era Andrik Aren, un rey cruel, duro y guerrero cuyo reinado estuvo plagado de guerras civiles. A su lado descansaban los huesos de Gunilda Darinka, la reina que quiso ampliar las fronteras de su reino y lo terminó sumiendo en un caos absoluto. Su gobierno fue corto, solo tres años.

Pero sobre estas tumbas, sobre todas las tumbas guardadas en la grandiosa cripta real, hay una que sobresale. Es la más grande, ocupando un lugar privilegiado. Es de oro y piedras preciosas, con filigranas imposibles y motivos vegetales. Sus letras esmaltadas en rojo sangre cuentan que bajo la losa de mármol blanco bañada en oro puro descansa Elin Milka, la reina dorada. Su reinado fue el más resplandeciente y largo; prospero para todo el mundo. Pero también dice que fue el último ya que el reino fue saqueado e invadido por la envidia de sus enemigos. Aun así, su tumba ha sido respetada. Este sepulcro es el que más le gusta a Caterina, por eso se pasa largo tiempo admirándolo.

Las tumbas permanecen inmóviles todo el día pero parecen vibrar cuando la niña pasa sus manos por las grietas de sus losas. Ella intenta tocar, introduciendo sus dedos en las fisuras, los huesudos apéndices de aquellas personas enterradas allí. Es una magia extraña, una especie de conexión sobrenatural que apenas se puede percibir. Como una brisa leve o una efímera chispa de luz.

Para ella son sus amigos, sus únicos amigos. En el pueblo de Caterina no quedan niños, solo tres contándola a ella. Todos se fueron antes de que ella desarrollara conciencia. Tampoco nadie va nunca a la cripta real. Es como si ninguna persona del pueblo conociera su existencia ni la de esos reyes y reinas del pasado. Lo cual hace que este mausoleo se haya convertido en un secreto para la niña que guarda con gran esmero.

A veces les habla, a las tumbas, y les cuenta que sus padres se marcharon y ella se quedó al cuidado de su abuelo. Que no los conoce y que todavía no han regresado, aunque ella espera que lo hagan algún día. También les pregunta si conocen la guerra, la muerte o la tristeza. Si sienten frío y hambre o si alguna vez han podido salir de allí. Caterina piensa que las grietas en las tumbas son fruto de la salida y entrada de los muertos cuando estos se aburren de estar encerrados y salen a pasear. Lo curioso es que la niña siente, en el fondo de su corazón, que ese polvo regio le responde. Lo cual para ella es un consuelo. Cuando se cansa de estar allí y el viento helado comienza a arreciar, Caterina se marcha como la luz que abandona el lecho de un rey muerto. Lentamente, mirando con detenimiento cada paso dado, dejando de iluminar las vidrieras y rosetones y en sepulcral silencio. Alzando el vuelo como una paloma blanca.

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