Te apoyas en la madera
y me miras con esos ojos que auguran tu ansia
por querer jugar
-conmigo-
Ahora no, -te digo-
Estoy empezando a criar bichos, -me responsabilizas-
Ahora no.
Si estás aquí es por algo, ¿no crees?
He intentado en muchas ocasiones abrazarte y te has escurrido entre mis dedos;
he querido conocer tu historia y me la has negado.
Al principio, me sentía culpable
por no tener el coraje de intentarlo una vez más
hasta que un sabio de canosa barba me dijo:
“Niña, cada cosa tiene su momento. Si te permites esperar, luego disfrutarás más”.
Yo le respondí con mi silencio,
pues nací con los versos de aquella canción tatuados en mi piel:
“Yo sé que no es un buen momento para ti
ni para esto que nos viene sucediendo
pero eres para mí.”
Menos mal que mi trabajo es mi interior,
lo que me permite comprender que si has de ser de alguien
es de ti
y, si te apetece, te compartes conmigo;
si no, ya sabes cuál es el camino.
Que yo también sé cantar aquello de Luna, quédate conmigo,
pero, aunque entre tú y yo haya copla, no suplicaré amor.
Me miras otra vez
y, de primeras, me desagrada tu borrachera
hasta que gracias a esta
comienzas a dar en el clavo – y canela-
y me dejas sin palabras.
Es lo que tiene la filosofía.
Así me sucedió contigo y con tu Rubaiyat, Omar Khayyam,
y así me está ocurriendo con la realidad de tu cuerpo, Rupi Kaur.
Así me está ocurriendo y así me ocurrirá siempre
pues siempre se repite esta historia
sobre los libros que no se dejan leer.



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