La historia de los libros que no se dejan leer

Te apoyas en la madera

y me miras con esos ojos que auguran tu ansia

por querer jugar

-conmigo-

 

Ahora no, -te digo-

Estoy empezando a criar bichos, -me responsabilizas-

 

Ahora no.

Si estás aquí es por algo, ¿no crees?

He intentado en muchas ocasiones abrazarte y te has escurrido entre mis dedos;

he querido conocer tu historia y me la has negado.

 

Al principio, me sentía culpable

por no tener el coraje de intentarlo una vez más

hasta que un sabio de canosa barba me dijo:

“Niña, cada cosa tiene su momento. Si te permites esperar, luego disfrutarás más”.

 

Yo le respondí con mi silencio,

pues nací con los versos de aquella canción tatuados en mi piel:

“Yo sé que no es un buen momento para ti

ni para esto que nos viene sucediendo

pero eres para mí.”

 

Menos mal que mi trabajo es mi interior,

lo que me permite comprender que si has de ser de alguien

es de ti

y, si te apetece, te compartes conmigo;

si no, ya sabes cuál es el camino.

Que yo también sé cantar aquello de Luna, quédate conmigo,

pero, aunque entre tú y yo haya copla, no suplicaré amor.

 

Me miras otra vez

y, de primeras, me desagrada tu borrachera

hasta que gracias a esta

comienzas a dar en el clavo – y canela-

y me dejas sin palabras.

Es lo que tiene la filosofía.

 

Así me sucedió contigo y con tu Rubaiyat, Omar Khayyam,

y así me está ocurriendo con la realidad de tu cuerpo, Rupi Kaur.

 

Así me está ocurriendo y así me ocurrirá siempre

pues siempre se repite esta historia

sobre los libros que no se dejan leer.

Publicado por Celeste Jiménez

Mi nombre es Celeste Jiménez y nací el Día del Libro para respirar al escribir, y viceversa. Me gradué en Información y Documentación por la Universidad de Salamanca, y mi sangre se convirtió en tinta desde que tengo uso de razón. Así, me inicié con un pequeño libro a la edad de 11 años y me presenté a concursos de literatura, como Cartas a un maltratador, en el que obtuve el reconocimiento de finalista. De vez en cuando, deposito mis estribillos en servilletas de bares, o en bolsitas doradas que circulan por las ciudades que visito. Continué de esta manera no profesional hasta que establecí contacto con Arturo Márquez Miranda, profesor, entre otras cosas, de corrección y redacción de textos. Esto me posibilitó el obtener un título acreditativo, además de aprender a redactar y a utilizar una correcta gramática. Sin embargo, lo que más he de agradecerle es que me impulsara a que perdiese el miedo a mostrar lo que yo había creado. Así, comencé a escribir de una forma impulsiva y casi enfermiza con la suerte de que uno de mis relatos cortos, titulado La cena de Abril, será publicado por la redacción de Scripto para formar parte del libro El mundo en tus manos, cuya recaudación se destina a Médicos sin fronteras. Uno de los trabajos de los que más orgullosa estoy es la investigación que realicé sobre Ramón Plantón Moreno. Podéis echarle un vistazo en https://people.safecreative.org/investigacion-sobre-ramon-planton-moreno-celeste-jimenez/w1810158736985 . Pero, sin lugar a dudas, el hijo que defiendo a capa y espada es a la antología El gitano del látigo en los ojos, en constante modificación. Populismo innecesario aparte, os comento que el género literario que más trabajo es la poesía. La extensión de la misma habitúa a ser amplia pues me gusta detallar los conceptos; me resulta muy difícil transmitir a los demás la forma exacta en que han rondado por mi cerebro y mi corazón las ideas. La moraleja que siempre difundo es la de defender el amor propio; ese es el denominador común de mis textos. Y, de éste, se derivan otros subtemas, como el de la denuncia social referida al holocausto animal, a la libertad como base de todo, al feminismo, al autoestima, … Hubo un momento en que me percaté de que, cuando leemos publicaciones en las que se apuesta por el amor propio por encima del amor hacia otra persona, siempre se toma esta decisión una vez que dicha persona nos ha causado un dolor tan grave como para que abramos los ojos, o, simplemente, tras finalizar una relación. Y ahí está el error. No hay que iniciar un proceso de valoración y respeto hacia uno mismo cuando se acaba la pasión hacia otra persona – o cuando ese alguien no nos quiere más-; hay que amarnos antes de iniciar el idilio romántico, durante y después. Y, de aquí, se deriva otro inconveniente, y es este mismo: el autocastigo, que se relaciona con la mencionada baja autoestima. Por ello, opino que mi proceso creativo es, a fin de cuentas, una terapia curativa en la que, lógicamente, se mostrará también desamor, amor, familia y cualquier acto real o ficticio que me quite el sueño. Ha sido muy recientemente cuando he decidido desnudarme públicamente a golpe de versos, y no pienso frenar mis alas abiertas. Abrí una cuenta de instagram, a la que todas las personas sois bienvenidas. Es @pinceleste. Y, lo que siempre digo, “con emocionar a una sola persona, yo ya he ganado”. Me gusta ayudar; es algo que me agrada enormemente. Si tu mal día mejora porque te has distraído al leerme, la que dormirá feliz esa noche seré yo. Finalmente, comentaros que la imagen que utilizo para postear es una ilustración personalizada creada por José Bustos. Es un híbrido entre la connotación de mi nombre, el universo Celeste, y un elemento que siempre me acompaña como amuleto: la luna. Sin más dilación, espero que encontremos un punto de inflexión entre vuestra necesidad de distración y mis ansias por no ahogarme. Un fuerte abrazo; Celeste.

7 comentarios sobre “La historia de los libros que no se dejan leer

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