Cuento David Pulido Suárez (España)

Un muerto

Un muerto. Por primera vez veía a uno de cerca, sin mampara ni ataúd de por medio, a escasos pasos de mí, a la altura de mi mano. Se trataba de un hombre muerto que sesenta minutos antes fue un hombre vivo, como yo lo soy ahora que escribo estas líneas.

Lo vi entrar consciente en la sala de emergencias, semisentado en la camilla, empujado por los sanitarios de la ambulancia. Una mascarilla transparente abarcaba su boca y su nariz. Auxiliares de clínica y enfermeras, como diligentes hormigas, lo rodearon y en un instante lo pasaron a la camilla de la sala. A partir de ese momento cada una supo con exactitud milimétrica lo que tenía que hacer. Nadie interfería en la tarea de nadie.

Mientras la médica de la ambulancia contaba al médico de urgencias lo que tenían entre manos las auxiliares desnudaron al paciente. Aprecié entonces su delgadez. Intuí que no contaba con más de cincuenta, sin embargo era evidente que la vida que tenía no era la mejor posible y eso le añadía años. En su piel, pálida, lo oscuro del vello corporal, de su barba rala y breve, y del pelo rapado al dos, destacaba.

El médico ordenaba en su jerga profesional la terapéutica a seguir y, así, toda una parafernalia de mangueras y cables provenientes de electrodos, bombas, sueros y diversa medicación convirtieron a aquel cuerpo endeble en algo parecido a un estrafalario pero vulnerable ser biónico.

El facultativo se acercó al hombre y le hizo, como un encuestador, varias preguntas, preguntas cuyas respuestas tardaban en llegar o llegaban asordadas por la mascarilla. A pesar de la aparente gravedad tuve la sensación de que el paciente no tenía consciencia de la misma. Cada cierto tiempo se empeñaba en colocarse de lado, taparse con la sábana hasta los hombros y cerrar los ojos, como si estuviera durmiendo plácidamente en su cama.

Las sanitarias le tenían que corregir la postura una y otra vez poniéndolo boca arriba e insistiéndole, no sin cierto enfado, en que permaneciera quieto. Entretanto, a ratos, entreveradas con la tarea, cruzaban el aire palabras y conversaciones -alguna risa incluso- que nada tenían que ver con lo que allí estaba sucediendo. Había en esto un cierto ambiente oficinesco, cotidiano, hijo de la costumbre.

Súbitamente el monitor se puso en rojo y comenzó a pitar intermitentemente. ¡Parada!, dijo alguien. Bajaron con un gesto rápido y seco el respaldo de la cama; una enfermera, colocando sus manos en aquel pecho huesudo, comenzó un enérgico masaje cardíaco al tiempo que el médico colocaba con una mano la mascarilla del ambú sobre la boca y la nariz del hombre y con la otra comenzaba a insuflar altas dosis de oxígeno a través del reservorio, una especie de bolsa con forma de balón de rugby pequeño que se hinchaba y deshinchaba al compás de sus gruesos dedos, que más parecían de campesino que de médico.

Podía escucharse con claridad el flujo del aire y un sonido como de respiración artificial, plástica, proveniente del ambú. La enfermera que hundía sus manos entrelazadas en el tórax del paciente cedió el puesto a otra, y, al cabo de unos minutos, esta última dejó libre su lugar para que continuara la siguiente. Fueron unas cuatro las que se dieron el relevo. La pantalla del monitor reflejaba los esfuerzos por reanimar a aquel cuerpo que no reaccionaba.

En un momento dado la esperanza de resucitarlo se extinguió por completo. Paramos RCP, dijo el médico, y de este modo, sin más, todo cesó. Dejaron de bombear el pecho del hombre. El facultativo, imperturbable, retiró el ambú y se dirigió al ordenador en donde continuó redactando el informe del paciente, ya fallecido. De la sala salió buena parte de la gente que había participado… afuera había pacientes vivos que necesitaban atención. Sólo quedaron las personas necesarias para el amortajamiento, yo entre ellas.

Me acerqué lentamente al cuerpo con una mezcla de reparo, curiosidad y vértigo. Tuve la impresión de contemplar a un Cristo yacente, esos cristos que había visto tantas veces en las iglesias. Tenía un aspecto tremendamente frágil, desamparado, inerme. Lo único que lo salvaba de una desnudez completa era el pañal que le habían puesto al llegar, algo que uno sentía antinatural en un adulto. Ese pañal, además, daba un aspecto grotesco, ridículo a la Muerte encarnada en aquel hombre. Se fue tal como empezó a vivir, pensé. En pañales, sin nada más. Comprobé su absoluta inmovilidad, la quietud total del pecho. Observé, asimismo, cómo la piel se había tornado cetrina. Entonces llegué a su rostro.

Los labios, decolorados, se encontraban entreabiertos, pero no lo bastante como para ver los dientes. Luego mis ojos se cruzaron con sus ojos entrecerrados. Los párpados permitían adivinar la blancura de la esclerótica y el iris negro del paciente. Su mirada, si así podía llamarse, era una mirada exánime, sin fondo, hueca. Una mirada sin mirada.

Una auxiliar se acercó. Maquinalmente procedió a quitar el cableado de los electrodos, los sueros y la medicación mientras charlaba distraídamente con otra compañera que reponía productos de farmacia en las estanterías. Con dos tiras de esparadrapo cerró sin ceremonia alguna y de manera definitiva los ojos del muerto. A una señal suya me tocó intervenir a mí. Me puse los guantes, agarré las muñecas del difunto y se las crucé sobre el tórax. Ella se las ató con vendas.

Mover los brazos del hombre fue como mover los de una marioneta, pero de carne. Inánimes, parecían pesar más de lo esperado en un cuerpo flaco como aquel. A continuación, la auxiliar juntó los pies por los tobillos y también se los ató. Lo siguiente consistió en envolverlo con la sábana de la propia camilla, pegar los bordes y etiquetar con el nombre y apellidos del paciente, dejando la cara al descubierto para el último adiós de los familiares. Quedó empaquetado como una momia.

Posteriormente desplegamos el sudario, una alargada bolsa plástica blanca, ancha, con una cremallera en la parte superior. Tocaba meter al fallecido allí dentro. Lo ladeamos alternativamente para estirar la mortaja bajo su cuerpo. Colocado en el interior subimos la cremallera hasta la barbilla, lo tapamos con otra sábana (el rostro siempre a la vista) como si durmiera, y etiquetamos nuevamente.

La siguiente tarea me correspondía en exclusiva: bajar a la morgue y subir una camilla (sin colchón) que coloquialmente llamaban “cama fría”. Sólo el nombre en sí ya me resultaba inhóspito. Me dirigí al pasillo junto al depósito, en la planta baja, apartado del tránsito diario de los vivos. Allí esperaba una ristra de camillas, algunas un poco maltrechas. Tiré de la primera. Su traslado, vibrante y metálicamente escandaloso, hería el oído.

De vuelta en la sala de emergencias supe que no había familia a la que esperar, así que ya podía llevármelo. La auxiliar cerró la cremallera, subió la sábana, y yo puse las camillas en paralelo. Como el fallecido pesaba poco nos bastábamos dos personas para transferirlo. A la cuenta de tres lo desplazamos a la cama fría y lo acomodamos (por decirlo de alguna manera). Tuve que recolocar sus pies y, por tanto, agarrárselos a través de la tela y el plástico; aun así sentí la forma de sus extremidades en mis manos y ello, por un instante, me fue desagradable. Subí las barandillas, abrí las puertas de la sala y marché con él hacia el ascensor. Ahora, con el leve peso del difunto, la camilla no vibraba y hacía menos ruido.

Cuando presioné el botón y la puerta se cerró apoyé mi espalda contra la pared mientras observaba detenidamente el bulto que yacía a mi lado. Durante el corto viaje al piso inferior tuve tiempo de imaginar dos cosas; una, que me quedaba trabado con el muerto en el ascensor; otra, que, de pronto, se incorporaba quedándose sentado en un perfecto ángulo recto, tal y como sucede en innumerables películas de vampiros.

Llegamos a destino, lo saqué y avanzamos por la galería iluminada con tubos fluorescentes que conducía al depósito. A la entrada me esperaba otro celador con un fleje de llaves. Nos saludamos con un movimiento de cabeza; seguidamente abrió el candado y retiró ruidosamente la cadena de hierro que cerraba el pasillo del mortuorio. Unos metros más adelante me franqueó las puertas del mismo.

El espacio, que ya estaba ocupado por otros dos fallecidos, resultó más pequeño de lo que me esperaba. Una de sus paredes estaba ocupada por los refrigeradores, nichos provisionales a muy baja temperatura. Dejé el cuerpo junto a la pared, a centímetros de las otras dos camillas. Nos retiramos cerrando las puertas a nuestras espaldas cruzando, por último, cadenas y candado.

Fuera, en la calle, lucía el mediodía de un espléndido y bullicioso verano.

David Pulido Suárez
@davidps81
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6 comentarios

  1. Interesante relato. Se palpa en su lectura una forzada lejanía ante un “primer muerto” objetiva, casi metálica, lineal.
    Y no me deja indiferente la casi tiránica lucha para evitar que la parca se apropie de otra vida más.

    Le gusta a 1 persona

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