Señor, estoy cubierto de ceniza;
mi lengua es un despojo de la nada,
purulenta semilla descarnada
donde el tiempo, salobre, se tamiza.
Señor, yo no soy digno de la tiza
que dibuja el contorno de la espada;
que perfila la carne, desgarrada,
hundiéndose en la trama que me hechiza
Señor, aquí te ofrezco la cintura
de todos mis recuerdos, la escultura,
inconclusa, del odio sempiterno.
Señor, ya no me dejes en la sala
de espera, allí la muerte me señala,
con su alada sonrisa, hacia el infierno.



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