Santa María

De pequeña, me acostumbré a dormir abrazando el almohadón redondo que mi tía, María Ester Cruvinca, cosió artesanal y exclusivamente para mí. Sus manos, llenas de callos que la volvían ásperas al tacto -aunque siempre dulces y suaves en sus intenciones-, rellenaron el interior del mullido objeto y cosieron su forro, una tela multicolor un poco gastada, que sin embargo recordaré años más tarde con la exactitud de quien memoriza los detalles de una obra artística inolvidable.

Inolvidable. Esa es la palabra que mejor define a María y a sus artesanías. El tejido también era un saber de su dominio: colchas lo suficientemente gigantes como para cubrir el cielo, nacían del bailoteo ligero de sus dedos gordos. Y para mí, un coqueto monedero en lana rosa, con un parche de un Dálmata que aún me observa tiernamente con sus caricaturescos ojos, cosido. Todavía lo conservo entre mis pertenencias, como al almohadón, y como a casi todas las escenas de mi vida compartida con María Ester: María llevándome al jardín, con mi mochila amarilla de rueditas colgada en su hombro -María cargó en sus espaldas el peso de mi infancia-; María preparando el matecocido dulce y el pan con grasa, manjar de manjares, para merendar. María sentada a mi lado viendo la novela, o en su defecto, los videoclips de Chayanne. María manipulando una minúscula tijera para recortar las palabras que la señorita exigía en la consigna de la tarea para la casa. 

Y se reía, siempre se reía. De todo se reía. Su carcajada era una especie de sortilegio contra los espantos que la persiguieron todos los días de su vida. La risa, un dedal y una estampita de Santa Rita fueron, descubro hoy, su fórmula secreta, el arrullo de su corazón. Cuando no podía conciliar el sueño, deslizaba sus exhaustos pies por los cerámicos helados de la cocina, hasta tomar asiento y avocar la energía de su cuerpo y espíritu a la costura y a la veneración a su santa. Coser y rezar para resistir. Ahora lo sé, gané. Supe leer en sus arrugas y en el espacio vacío entre sus dientes torcidos aquello que los guerreros antiguos leyeron en papiros y custodiaron en castillos y pirámides, durante siglos y siglos. El secreto del estoicismo: El canto de los pájaros solo se aprecia, en toda su extensión, en el silencio y la soledad del amanecer. solo el silencio y la soledad otorgan sabiduría.

Nuestras vidas se convirtieron en dos hilos enredados entre sí, hilvanados por un tejedor bondadoso. Por eso no me sorprendió la madrugada en la que mi celular comenzó, inexplicablemente, a emitir la musicalidad de un chamamé. Jamás sentí miedo. A kilómetros de la casa en la que me crió, oí su radio, la radito que musicalizaba sus faenas mañanas y tardes. La dejé sonar hasta que la música se evaporara. Dejé pasar a María a mi pieza, la invité a conocer el departamento frío que ahora llamo casa, y que me da asilo todas las noches de este primer invierno sin su existencia. Dejé que posara su radio sobre la mesita de luz que acarreé desde casa; que me despertara a las 5 a.m. para meditar a su lado, para esperar la salida del Sol. 

Otro día, mientras cruzaba próxima a la iglesia, vi una figura, rodeada de un tumulto de gente. La imagen de Santa Rita, madre de los imposibles y madre adoptiva de María Ester, se alzaba entre cánticos y bendiciones. “En algo hay que creer, hija, en algo hay que creer”. Y ella creía en ese manto negro elegante y en esas rosas rojizas que coronaban a la minúscula mujer de cerámica. Creía en esa mirada taciturna de quien en Dios espera, pacientemente. Y aunque yo no practico la fe católica, acorté la distancia entre las dos, con timidez. Y encendí una velita a sus pies descalzos. Mientras el olor a rosas avanzaba por mis pulmones, le dije “Santa Rita, madre de los imposibles, curame el corazón”. Porque la vida sin María, sin sus llamadas esporádicas, me hizo desear morirme. Que nunca conozca la sonrisa de mis futuros hijos, que su voz de anciana madre no vuelva a darme instrucciones para cuidar de mí cuando estoy enferma y sola, en esta ciudad inmensamente agobiante para mis pasos de niña pueblerina, me hace sentir que mi corazón va a frenarse en seco, como lo hizo el suyo.

Y yo no sé si ahora María Ester Cruvinca también es santa, pero hoy encontré un dedal de metal como los de ella. Y lo recogí, porque creo que María llevaba uno consigo siempre por la cantidad de agujas que le perforaban el corazón. Porque sabía perfectamente qué la lastimaba y cómo sobrevivir a ello. Que un minúsculo dedal puede salvar el alma de los peores aguijones. Lo sabía con la lucidez con la que ahora yo sé que una viejita callada, con la cabeza gacha y la vista puesta en la costura, pudo enseñarme todo lo que necesité saber para salvar mi propia vida.

Dorita Páez Giménez
@mariadoritapg
Leer sus escritos

Publicado por Letras & Poesía

Somos una plataforma literaria que promueve el trabajo de escritores independientes. Lo hacemos priorizando el talento, fomentando la libre expresión y ofreciendo contenido de calidad, así como experiencias literarias invaluables a disposición de todos. Nuestro objetivo es posicionarnos como la plataforma literaria más destacada de habla hispana y como la mejor alternativa independiente para lectores jóvenes y adultos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: