Una lágrima de Dios conmovido
te arrojó, de lleno, en mi cama.
Monarca del placer y del ocio,
al final del día
sos un retazo del salvaje Edén
que unge el cemento.
Un okupa que se desliza, con sigilo,
sobre el piso viejo de esta casa prestada,
seduciendo como emperador
a los súbditos de su palacio.
Una belleza de magnitudes interestelares
constreñida en apenas cuatro patas,
dos orejas y una cola.
Nadie más en este mundo
tiene tus pupilas,
tu mirar altivo, misterioso
y contemplativo.
Tu mirada de milenios,
de faraón extraviado
y de sabio del Tíbet
que poco necesita de este mundo ordinario,
de esta neurosis estúpida
y de esta carne destinada a perecer.
Todas las mañanas
rindo culto a tu caminar
mirándote con devoción
mientras espero:
el salto inesperado,
el maullido que es oráculo,
el contoneo preciso
que marca el tempo
de un aletargado universo desconocido,
donde habitan los alquimistas de las siete vidas,
guardianes de la memoria bíblica.
Más allá de todo límite material
trasciende tu silencio
de eternauta.
Más allá de todo límite material
navego en el caos meticuloso de pelos
que desatas,
como una tormenta eléctrica,
cuando te avalanchas sobre mí.
Y quedo envuelta
en tu brujería de amor,
dejándome abrazar por
tu cuerpo de pantera chiquita,
de Niño Dios reencarnado.

Dorita Páez Giménez
@mariadoritapg
Leer sus escritos

Deja un comentario