Antinomia (España) Autores Cuento

El origen del carmín

Encontró el parásito mientras observaba absorta el barranco.
Las alturas desde tierra firme se percibían de otro modo. Se trataba de un vértigo invertido. Rodeada de dragos y pinos canarios, sus achinados ojos derramaron toda su intensidad en la cochinilla. Apenas apreciable, ella era la culpable de que las mujeres tiñesen de carmín sus labios.
Umiko tenía ya setenta y siete años, pero conservaba buena salud. Había emigrado a La Palma por amor y allí había edificado una nueva vida.

Era una enamorada del contraste de colores, del océano intenso, del calor que emanaban los volcanes bajo sus fríos pies, de lo transitorio de saberse isleña y de las delicias indescifrables que aquella tierra brindó a su paladar. A veces – bromeaba con sus amigas – creía que Adolfo había sido sólo el pretexto para abandonar su plácida aldea vietnamita y asentarse en la isla verde. La misteriosa, la bonita, la de negros arenales y aguas que son cielos abiertos salpicando de júbilo a cuantos contemplan las playas turmalinas.

Ada agarraba con fuerza su mano cuando Umiko identificó el origen de lo que el sector femenino usaba antaño para embellecerse. Le pareció simpática la idea de que dos generaciones se prendasen de hombres isleños y desvió la mirada hacia su nieta.
Se preguntó si ella también amaba aquello que ya consideraban hogar y si, tal vez dentro de unos años, sucumbiese a los encantos de un canario que la valorase como la niña merecía.
Palma tiene caminos y caminos de filosofía, arrugas en sus montañas, partos inesperados, furia y paz, oxígeno, encanto. Es una alegoría misma de la vida y Umiko se sentía dichosa de formar parte de ese pequeño paraíso, de que ningún paisaje fuese igual que el anterior y de que todavía se sorprendiese hallando tesoros imperceptibles para los demás.

Umiko narró a su nieta Ada la historia de la cochinilla y su vínculo con el cortejo amoroso o con la propia autoestima, como contarían hoy las mujeres. A fin de cuentas, sólo era un aderezo, concluyó.
Lo importante para que alguien te ame es saber amar tú primero. Y eso sólo se consigue aceptando lo que eres, tu raíz, tu descendencia, la tierra que te ampara generosa.

De todas estas cosas hablaban abuela y nieta mientras dejaban atrás el barranco y tomaban un camino en el que ya se adivinaba la brisa fresca del mar.

Por: Antinomia (España)

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