Detrás de las rejas

“¿Qué fue ese ruido?”, Mariana despertó sobresaltada. Todavía era de noche y no alcanzaba a ver las formas de su propio cuarto. Se frotó los ojos. ¿Había sido un rasguño? “Tal vez un animal entró por la ventana”, pensó. Volteó hacia ella y fue cuando descubrió las enormes plantas. Espantada, miró en todas direcciones: en lugar de sus peluches, su escritorio o del armario, solo había vegetación y piedras alrededor. Su corazón comenzó a latir muy rápido. La noche anterior se había dormido en su cuarto y ahora la niña de nueve años despertaba en medio de la jungla.

“¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?”, un escalofrío la recorrió desde el cabello hasta la punta de los pies de su mameluco. No quería moverse. Con mucho cuidado bajó la mano y tocó la superficie donde estaba sentada: musgo suave. Giró la cabeza y descubrió lo que estaba en lugar de su almohada: un enorme hongo café con manchas blancas. No pudo evitar la sensación de asco.

No pensaba ir a investigar en dónde estaba o cómo había llegado hasta allí. Es más, ni siquiera se movería de ese lugar. Estaba a punto de empezar a llorar y gritarle a sus padres cuando escuchó las voces:

—Es obvio que está desconcertada. ¿Te acuerdas el miedo que sentías la noche que llegamos aquí? No creo que sea una buena idea hablarle en este momento.

—Pero, mamá, ¡yo quiero platicar con ella!

—¿Quién anda ahí? —preguntó aterrada Mariana.

—¿Ves lo que provocas? —regañó la madre, y en seguida se abrieron unas enormes hojas verdes en frente de la niña. De atrás de ellas salieron una vaca y su becerro. Mariana se tapó la boca para no gritar. Conocía las vacas, pero verlas tan cerca ¡y hablando!, daba miedo.

—¡Tranquila, nena, no vamos a hacerte daño! —dijo la enorme vaca.

—¿Cómo es que puedo entenderlas? —preguntó a su vez Mariana.

—¡Es extraño, lo sé! —contestó el becerro apresurado—, pero creo que es porque estamos en una nave espacial. Al principio mi mamá y yo también nos espantamos cuando descubrimos que podíamos entender a todos los demás animales también. ¡Pero terminarás acostumbrándote, ya lo verás!

—¿Qué? ¿Estamos en una nave espacial? ¡No es cierto! Pero, pero, ¿por qué? —Mariana empezaba a ser un mar de lágrimas.

Fue cuando apareció el perro por primera vez: —Estamos en la nave espacial de una raza de seres que cree que todo el universo es propiedad suya… Van de planeta en planeta coleccionando animales para su zoológico propio.

El gato salió detrás del can y refunfuñó: —Solo conseguirás espantarla más, sabiondo… ¡Es solo una niña! ¿Acaso no te das cuenta, bruto?

Mariana los interrumpió a todos gritando: —¡Pero eso es injusto! ¡Yo debería estar ahora en mi cuarto, en medio de mi propia vida! ¡Nadie tiene derecho de sacarme de mi mundo para hacer de mí lo que quiera!

Una planta cercana (que también podía hablar) respondió con desdén: —Miren quién habla de justicia…

—¡Yo te voy a decir lo que es injusto, niña! —explotó el perro—. Injusto es que solo te alimenten y te cuiden para tenerte como un juguete. Injusto es vivir en un patio pequeño en donde apenas se puede uno mover y cada día sientes que enloqueces más y más. Injusto es no poder entrar a la casa cuando quieres y encima tener que dormir afuera sin importar si está helando. ¿Sientes que es injusto lo que te hicieron, mocosa? Bueno, ¡ahora dime qué se siente que te devuelvan lo que ustedes los humanos nos han hecho a todos los animales durante toda la vida!, ¿eh?

—Tranquilos, tranquilos, no vamos a lograr nada peleando, y menos asustándola de esa manera… —Dijo la vaca mientras se acercaba a Mariana y la lamía con mucho cariño.

Mariana tardó en recuperarse, y cuando lo hizo preguntó entre sollozos: —¿Y cómo saben que estamos prisioneros?

Un árbol habló con voz de hartazgo: —Al final de cualquier sendero que camines, encontrarás ventanas con rejas, niña. Así es como sabemos que todos somos prisioneros en este lugar. Yo puedo verlas desde aquí.

Una tristeza insoportable invadió a Mariana y comenzó a llorar desconsoladamente. Cerró los ojos y se hizo bolita en donde estaba. Escuchó las palabras suaves de la vaca pero eso no la reconfortaba. Lloró profundamente durante un largo minuto y cuando volvió a abrir los ojos, descubrió el rostro de su madre diciéndole que todo estaba bien, que solo había sido una pesadilla.

Cuando Mariana la miró bien, la abrazó con fuerza. Y también a su padre que se encontraba cerca. Y apenas pudo tranquilizarse, volteó alrededor para descubrir sus peluches, el escritorio y su armario tal como los había dejado antes de dormirse. Ya era de día.

De inmediato bajó de un brinco de la cama y corrió hacia el patio; sin pensarlo dos veces, le quitó la correa que sujetaba a su perro, y lo abrazó con fuerza mientras le decía: —Voy a pedirle a mis papás que te compren una camita para que duermas dentro y te voy a sacar a pasear todos los días, lo prometo. Su perro no dejaba de mover la cola muy emocionado.

Después salió a la calle y miró alrededor: ahora sabía que todos esas plantas y animales merecían ser tratados con respeto y amor pues nunca les pidieron permiso para ir a construir su casota en medio de ellos. Y menos para vivir ahí o para cortarlos, encerrarlos o hacer lo que quisieran con sus vidas.

Fue cuando volteó a ver su propia casa y descubrió las rejas que cuidaban cada una de las ventanas. Entonces pensó: “Creo que lo más complicado no es quitar las rejas que encierran a los animales o a las plantas, sino quitarnos las rejas de la cabeza a nosotros mismos, porque justamente esas ideas raras son las que nos están alejando de la naturaleza”.

Primer lugar del XV Concurso de Cuentos Infantiles sin fronteras de Otxarkoaga, Bilbao, convocado en el contexto de las XXXVI Jornadas infantiles por la Asociación Txirula Kultur Taldea (España).

Por: Alexandro Arana Ontiveros (México)

alexandroarana.wordpress.com


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