Cuentos/Relatos Elfogris (España) Escritores de Letras & Poesía

Encuentro

Se acercó despacio, con cautela, pues no estaba muy seguro de si sería bien recibido.

Aunque hacía tiempo que la rondaba, nada hasta la fecha en la actitud de ella hacía presumir que fuese a aceptar un encuentro, muy deseado por su parte. Sin embargo esta vez había señales que permitían un espacio a la ilusión.

Ella, arisca y lejana por lo general, se había dejado ver un poco más que de costumbre, incluso, se atrevió a pensar, parecía exhibirse ante él de manera tímida. Él presentía buenas vibraciones, sí, y también estaba su olor, mmm, algo había cambiado sí, se dijo, debe ser buen momento. ¿Pero cómo saber?

Tampoco yo estoy para muchas tonterías que ya tengo una edad, y si sigo pensándolo tanto puede que se me escape el tren para siempre. Qué demonios, mírala, tan bella, y como se mueve, como con desinterés, pero estoy seguro de que me vio esta vez. Debo intentarlo o morir en la prueba.

Se acercó, como dije, despacio, con cautela, unos golpecitos en la hojarasca para captar la atención (el bosque era todo silencio) y sí, ella se dio la vuelta y esta vez lo miro con fijeza.

Siguiendo el juego milenario retrocedió un poco, despacio, como para aumentar el deseo de él, y lo consiguió, él la siguió unos pasos, acortando poco a poco la distancia que los separaba.

Continuó tamborileando el suelo, para hacer notar su presencia, cosa que a ella parecía complacerle, ya que cada vez permitía que la ronda fuese acercándose más y más, ahora casi no había dudas, ni tiempo de permitírselas, ella lo estaba esperando, lo deseaba tanto como él, lo miraba fijamente acercarse en un silencio sólo roto por las pisadas sobre las hojas secas, y quizás un par de corazones que empezaban a desbocarse.

Se acercó despacio, con cautela, sí, pero también para saborear la salvaje tensión creada entre ambos, eligieron un claro en el bosque, no sé si por azar, donde la luna alumbraba sus cuerpos, brillantes en la noche, el deseo se acrecentaba en proporción inversa a la distancia que los separaba, ella los ojos clavados en él mientras se aproximaba, él temblando, no se sabe si de emoción o miedo, a pesar de que era el momento más esperado, y deseado en toda su vida.

Un acto vital para el que había estado preparándose, quizás sin saberlo, todo el tiempo y que ahora le sorprendía entre tembleques.

Espero que no me lo note, o todo se irá al traste, pensó, y dio otro paso más, saboreando, ahora sí, la presencia cercana de ella, tanto que podía verse en sus ojos.

Ella inmóvil, pero segura, esperando el próximo paso, dejándole hacer, haciéndole examen para ver si realmente había elegido bien, y no era también como los otros, bastantes, que se le habían acercado con las mismas intenciones, y que ella había tenido que despachar de diversas maneras.

Ahora sí, la rozó, en suave caricia, como tanteando su respuesta (él nunca lo había hecho antes, todo hay que decirlo) y quizás también saboreando ese leve contacto, primerizo.

Ella respondió como esperaba, atrayéndolo hacia sí, ya sin tapujos, y ofreciéndose en todo su esplendor, él se sintió arrastrado, de repente, por una onda expansiva que lo removía por dentro, y que lo volvió ciego a otra cosa que no fuera ella y sus ganas de poseerla.

Ella, rendida, esperaba su envite, él, deseoso y torpe la buscaba nerviosamente.

El encuentro fue tan intenso como breve, después de verse sacudido por intensos espasmos que le sobrevinieron casi al instante de entrar en ella, y que le hicieron derramarse en su interior de manera incontenible, y lo dejaron desmadejado, indefenso, inerme.

Entonces ella lo abrazó, con intensidad, como si no le importase lo efímero del encuentro, quizás todavía impresionada por la furia súbita de su galán.

Él la miraba a los ojos, tratando de recomponerse cuando volvió a sentir otro latigazo intenso, que lo recorrió por completo y que lo dejó prácticamente paralizado, sin fuerzas, ni ánimos para resistirse.

Ella estrechó su abrazo con más fuerza mientras lo miraba, ya sin pasión, y empezó a devorarlo a la vez que extraía su mortal aguijón.

Al fin y al cabo es lo que hacían todas las arañas de su especie, y así lo había hecho otras veces antes, ley de vida…

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