Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Tintazul21 (República Dominicana)

El despertar de la amnesia

La luz del sol me maltrata la vista. Coloco mi brazo izquierdo sobre la cabeza y arrugo los ojos para acostumbrarse de a poco a la luz y me voy dando cuenta que estas paredes blancas no corresponden a mi habitación. Levanto el torso y, aún aturdido, miro alrededor: estoy arropado con unas sábanas a cuadros, en las paredes hay unos cuantos posters de bandas de las que solo pude distinguir a Gun’s and Roses y Sex Pistols, me fijo en una mesa blanca al lado derecho de la cama con una laptop cerrada con la tapa llena de calcomanías de superhéroes y recostado de la pared que me queda al frente, en modo de descanso, un bajo negro de 4 cuerdas.

Siento mil martillazos a la vez en mi cabeza confundida y siento unas arcadas que se detienen, por pura suerte, antes de emerger. No recuerdo exactamente cómo he llegado aquí, pero estoy seguro que esto es producto de la parranda de la noche anterior, después de todo, tomé como si mi vida dependiera de ello.

 Salgo de la cama y me encuentro desnudo, sin pista alguna de dónde podría estar mi ropa. Veo un montón en una silla y procedo a revisarla, por si acaso la tiré entre todo ese embrollo, pero solo encontré camisetas más grandes que mi talla. Empieza a preocuparme el hecho de que, aparentemente estaba desnudo en la habitación de un hombre, ¿cómo diablos llegué a parar aquí?

Me cubro con las sábanas y abro la puerta despacio para investigar por mi cuenta. Cruzo el pasillo de la forma más silenciosa que me permiten mis pies y llego hasta la cocina, donde se encuentra una chica sentada en el desayunador con una taza de café en las manos. Su pelo castaño, suelto y enmarañado, le llega hasta la cintura, contrastando de forma dinámica con el gris de la camiseta que lleva puesta, que parece tener tres tallas más que ella. Miraba concentrada hacia la ventana sin percatarse de mi presencia.

Ella abre la azucarera con la mano derecha y coloca dos cucharadas del edulcorante en el negro líquido que tiene en frente, acto seguido posa la cuchara en sus labios y la introduce en su boca suavemente al tiempo que se le dibuja una media sonrisa. La extrae casi inmediatamente, no sin antes darle unos toques con su lengua y yo me quedo inmóvil, en tal estado de idiotez, deseando con todas mis fuerzas ser ese cubierto, que por un momento olvido realmente lo que me llevó hasta allí.

Ella dirige hacia mí la mirada y estalla en una carcajada, mientras señala el envoltorio que había hecho con las sábanas. Hace una pausa al ver mi cara de disgusto y, sonriendo pícaramente, me pregunta si pude dormir. Me tranquiliza el pensamiento de que pude haber pasado la noche con aquella chica de ojos claros, pero aún no recuerdo nada de lo ocurrido, así que solo asentí.

Me siento junto a ella y en lo que avanza la conversación, me entero que, luego de la fiesta, vine a parar su casa junto con una chica que conocimos ese día y sus compañeros de piso, Jorge y Melissa. Yo estaba terriblemente borracho y vomité mi propia ropa, la cual en este momento se encontraba en la lavadora. Después de esa horrible escena y de que me bañaran, me dormí cual oso en tiempo de hibernación.

En este punto de la historia no pude esconder mi cara de vergüenza, así que agradecí las atenciones y me disculpé por todo el problema que pude haberles causado, ella solo sonreía sin darle mucha importancia. Me pasa entonces un café y unas aspirinas para calmar el tormento de mi cabeza.

— No es nada — dijo por fin — es lo menos que podemos hacer por la cita de Jorge, después de todo, a él no le sale bien eso de ligar y ustedes se veían muy bien junt…

Escupo el sorbo que recién había tomado antes que ella terminara la frase. No puedo creer lo que me escucho… ¿¡Qué yo era la cita de quién!?

Ella me mira extrañada y me cuenta con detalle que durante la fiesta su compañero y yo nos besamos, que él era la razón por la que yo había llegado hasta allí. Me cuesta procesar sus palabras, como si viajaran más rápido que mis pensamientos, como si estirara cada frase sin poderla tragar.

En ese momento, entra a la cocina un chico alto, lampiño, de ojos y pelo negro, cargando un cesto de ropa en las manos. Sonríe al verme y me saluda por mi nombre con un acento extraño que, de repente, sonó familiar en mi memoria…

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11 comentarios

  1. Muy buena entrada y sugerente…y como no desear la segunda parte de esta historia, tan compleja como controvertida de quien expresa sus emociones y sensaciones,,,, Un cálido saludo.

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