Guardo mil arroyos salpicando sus pies,
el recordatorio de aquello
que dejé entrar.
Una visita inesperada y su partida en el bolsillo.
Ahora
sus cabellos entre las hebras del río
y mi propia imagen estancada en la corriente:
lo único que permanece cuando
la voluntad es manca
y arrastra, sin fe, un eterno día siguiente
—la espera, esa cuna hostil
de la desesperanza—.
A veces, lo único que queda
es el fuego que se asfixia
entre cuatro paredes;
una palabra que quema,
los vestigios de una última cena
y las cenizas de lo que pudo ser.
Nunca la bienvenida constante,
siempre el pasado del verbo permanecer.
Su huida,
mi trinchera,
una línea al frente
el refugio contra sus reflejos
que no acaban de desvanecerse.

Coti Molina
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Celic Rosas
@celic.rosas
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