Nubarrones de agosto

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Aquella calurosa tarde de verano María se asomó a la ventana. Hacía mucho bochorno y el calor atosigaba su mente y nublaba el pensamiento. No pudo contener las ganas, sacó su cuaderno de notas (aquel donde su vida se había ido entremezclando con el papel arrugado y las letras que tomaban forma cuando la inspiración llegaba) y, como casi cada día, empezó a escribir, con la amarga sensación de que nadie nunca leería aquellas líneas, pero con la necesidad constante de vivir para escribirlas…

-Día 20-
Hay días como hoy, en pleno agosto, en pleno verano, cuando el sol está ahora fuera constantemente, en que, sin más, sin motivos… se nubla. Y el cielo azul se desvanece, y el gris se apodera de las calles… y la tristeza del corazón sin darnos cuenta. Y así, sin motivo aparente, agosto se convierte en un día de finales de septiembre…

Pues también eso ocurre en lo más profundo del ser humano… y yo creo que eso, aunque duele, y mucho, es en parte, una buena señal.

El ser humano (o al menos los seres humanos como yo) suele tener miedo a dos cosas: al cambio y a perder las cosas buenas que tenemos. Si tienes el primer miedo es porque, en el fondo, la esperanza se aloja en ti (pues es señal de que tenemos en mente dar el paso hacia ese cambio). Si tienes el segundo miedo… es que tienes algo que te hace muy feliz. ¿Quién tendría miedo a perder algo que no le hace bien? Por lo tanto, este miedo, es un sentimiento necesario para la felicidad, que no existiría si éste no existiera.

Pero los miedos sólo son eso…nubarrones de agosto, tras los cuales está el cálido sol que brilla. Nubarrones que a veces, incluso, inspiran un poema…

Ante un futuro incierto de tempestades,
agarrada sólo a tus ojos,
consciente que si se fuese, me perdería;

y ya… no queda más orilla que tu cuerpo,
ni más horizonte que tu mirada,
más religión que tus manos…
más credo que tu palabra,

y ya… no quedan más finales que tu cuento,
ni más principio que tu mañana,
más salvación que tu canto…
más cielo que tus entrañas;

ante un futuro incierto de tempestades;
a la deriva, agarrada sólo a tus manos,
consciente que de perderlas, me moriría…

y aún así… corriendo el riesgo
de morir de amor un día.

Por: Lidia Villalobos (España)

laciudaddelasnubes.com


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