Autores Cuento Jano ElPeor (Chile)

Agosto 19

Yo tenía casi tres años esa madrugada de domingo. Era 22 de abril de 1992, domingo de censo y en mi casa había un velorio. En la capacitación del censo de este año el chiste era hablar del caso de llegar a censar una casa y encontrarse con un velorio. Para el Censo del ‘92 en mi casa lo había.

Durante esa madrugada mi papá había corrido diez cuadras con mi hermana muerta en sus brazos hacia el hospital. Corrió con la esperanza de que la verdad no fuera cierta, pero el tomarle sus manitos frías le decía lo contrario. Yo tenía casi tres, mi hermana había muerto de casi uno. No entendía por qué ya no estaba pero sabía que algo había pasado durante la noche. Conciencia de su muerte jamás tuve, no del todo. Cuando era más grande y mi mamá salía y volvía después de oscurecerse, rezaba para que estuviera bien, para que no le hubiera pasado nada, para que no estuviera muerta. Por lo único que rezaba era para que no se muriera.

El 19 de agosto, a mis doce, murió mi Awelita Marta, la mujer más frágil que conocía, frágil por rango, no por inactiva, y a quien más amaba después de mi mamá. El día que nos mudamos a Rancagua, me fui a acostar con ella mientras mi papá desarmaba mi cama, mi pieza y mi vida para venirnos a la ciudad de las ventanas con reja. Tenía ocho y amaba dormir con ella. A los seis, cuando un demente atropelló a mi mamá y a mi tía, nos teníamos solo el uno al otro para llorar y esperar que las dos estuvieran bien. Fue el “casi” más terrible porque la muerte casi se hizo real, de noche, como siempre había temido. A los doce no fue un casi, era un acierto de La Pela’. Después de tres semanas de incertidumbre y angustia mi abuelita había muerto.

Viajamos con mi prima y mi papá desde Rancagua en una travesía que sentí que no terminaba y que dolía. Me dolía el cuerpo entero, el pelo, las pestañas, los dientes y las cicatrices. Llegamos a la casa que como muchas veces antes estaba llena de gente, pero me parecía imposible pasar entre todas las personas que había para llegar a ella. No alcancé a encontrarla, me senté a llorar en una mesa. Esos tres días de lo único que supe fue de familia y llorar.

El tiempo no corría y mis recuerdos no están en orden cronológico.

Una de esas tardes llegó el curita a hacer el responso. La gente rezaba y cantaba y yo a mis doce sentía que me recalcaban que estaba muerta. Me senté en la puerta de la casa a llorar, me corrían las lágrimas y los mocos hasta que me encontró una vecina que no me dijo nada, solo me puso de pie y me abrazó con pena de madre. Le entregué toda mi pena en ese abrazo. Cuando la solté me llevó al baño a lavar la cara y me atendió hasta que mi papá la relevó y me consoló en sus brazos también. Su cuerpo me envolvió entero protegiéndome para que la pena no me encontrara y no sé qué pasó después. Creo que me dormí una semana que duró minutos y cuando desperté decidí ir a buscarlas, a mi abuelita y a mi hermana.

Me lancé al río que corría frente a la casa y me dejé llevar en el agua hacia el inframundo. Y el agua era cada vez más oscura y más violenta y el río se perdía entre los arbustos de los lamentos y meciéndome en los dolores me volví a dormir.

Desperté cuando la calma era insoportable. Al momento en que abrí los ojos estaba entre fragmentos de lo que conocía comprimidos en una nada, era un pasaje incompleto, donde no existían las distancias ni los rellenos. Mi hermana había recibido a la Marta y juntas ahora vivían las mismas lluvias y soles que nosotros en una dimensión distinta. Veían a mi madre y mis tías sufriendo y entre los tres las consolábamos invisibles. Quería preguntarles a ambas si podían volver; no me quería quedar solo, no me quería quedar sin ellas. Mi hermana me miró, abrazó a mi papá y lo besó en la mejilla y con ese amor él hizo lo mismo con mi mamá. Entendí que no iban a regresar conmigo pero que tampoco me dejarían solo. Mi abuelita escuchaba los recuerdos de mi madre y se encargaba de enviarle más de vuelta. Ambas se reían juntas de la vida que habían compartido y con esa nostalgia mi abuela los reunió a todos. Los recuerdos hacen a los espíritus más grandes y más fuertes y la Marta, con sus brazos de gigante, juntó a todos sus hijos y los besó a cada uno en la frente mientras ellos reían y la sentían presente. Los movió a cada uno junto a sus hijos, los nietos, para calmarlos con su calor. Mis tías y mis primos se abrigaban en el cariño que mi abuelita les enviaba, pero mi mamá no pudo, no me encontró.  

Comencé a sentir el agua corriendo desde mi cabeza bajando por mi espalda y mis brazos. Mi abuelita se encogía de hombros sonriente como siempre y con mi hermana nos mirábamos con orgullo al vernos a ambos tan grandes, tan valientes. Aprendíamos a compartir como hermanos; yo me quedaba con mis padres y ella se quedaba con la Marta y así ambas nos cuidarían siempre. Y el agua era cada vez más y caía cada vez más fuerte y se convertía en una cascada que ya no me permitía verlas y mi madre corría a gritos llamándome y yo escuchaba su voz distante, mojada, la escuchaba en la cascada conmigo. El agua llenaba los espacios y ya no estaba de pie, flotaba en una masa de agua sin orillas, ni fondo, ni superficie y dejaba de escuchar a mi madre mientras el agua se hacía inmensa. Mi madre seguía llamándome. Comencé a sentir mis brazos y mis piernas y pude moverlas otra vez. Nadé hacia la voz de mi mamá, que llegaba en forma de luz, hasta que esa luz de a poco empapó el agua y fue total.

Desperté a la orilla del río en los brazos de mi madre que lloraba de miedo y alivio el verme despierto. Yo venía con Ellas marcadas a tinta en las muñecas. Le conté que había estado con Ellas, con las dos. Me sonrió aunque sin entender de qué hablaba, me abrazó, me besó en la frente y volvimos a la casa al anochecer.

El día siguiente era el día, tenía doce y mi abuela había muerto. De colores pintaron su funeral y nos sostuvimos entre nosotros mismos buscando consuelo en ella.

3 comentarios

  1. ¡Maravillosa entrada y excelsa narrativa! El relato dolido de las pérdidas y el reencuentro amoroso en otra dimensión, en donde la realidad se hace visible desde nuestro poder espiritual, donde el ser se desprende del alma. Felicitaciones! Un cordial saludo.

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