Me esconderé en el llanto de las anémonas;
en el quejido de las libélulas que guardan
el fuego sagrado del silencio,
allá en los jardines del olvido;
en el hueco del suspiro de una rosa adolescente,
que goza en la honda superficie del gemido;
en la certeza de las hojas de todos los calendarios;
en la magia de los espejos desventrados.
Apenas si queda rastro de lo vivido.
Tan sólo una palabra, un gesto,
que nos salve de la nada.
Una letanía de la noche que nos acoge
tan cerca y tan lejos de nosotros mismos.
Como esa lenta lluvia que anuncia la voz
amarilla del otoño,
el enorme desconsuelo de las voces
que languidecen al borde de la dicha.


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